Artículos de Opinión

El fraile de la Buena Muerte. Notas sobre la libertad política durante la Independencia.

“Sois provincias, pudiendo ser potencias…”

Fray Camilo Enríquez nació el 20 de julio de 1869 en la ciudad de Valdivia, al sur de Chile. A los 15 años partió junto a un tío rumbo a Lima, a objeto de ingresar al convento de San Camilo de la Buena Muerte, donde “recibió las sabias lecciones que habrían de hacer de él un hombre de lucha, amante de su Dios y firme defensor de su patria”. En aquellos años fray Camilo se dedicó al estudio del latín, la filosofía y las ciencias matemáticas, con destacados resultados. A causa de su apetito por los estudios tuvo su primer desencuentro con la autoridad: fue sometido a proceso por la Inquisición. El motivo de su acusación fue la lectura de autores ilustrados, prohibidos en el Imperio Español. Luego de un tiempo en la cárcel en Lima, fray Camilo se dirige hacia la ciudad de Quito, donde tuvo contacto con el obispo José de Cuero y Caicedo, gran patriota y soporte de la causa quiteña, quien posteriormente intervendría en el conflicto entre patriotas y realistas luego de la masacre del 2 de agosto de 1810, donde fueron asesinados los principales actores del primer grito de independencia de América. Fue en Quito donde a finales de 1810, fray Camilo se enteró de las noticias que venían de Chile. En ese momento supo que debía volver a su tierra natal. El 13 de octubre de 1810, zarpaba de Guayaquil con rumbo a Valparaíso, aunque la impresión de lo vivido en Quito le inspiraría a escribir años más tarde, su obra denominada “La Camila o la Patriota de Sud-América, Drama sentimental en cuatro actos”.
Llegado a Chile, se comprometió fielmente con la causa patriota. Fray Camilo no era templado ni autonomista. Si bien en sus primeros planteamientos adhiere a la tendencia que otros patriotas chilenos sostenían –como por ejemplo, Juan Egaña-, esto es, la idea de una confederación de estados autónomos que reconocieran al monarca español como elemento unificador,  sus ideas desde el comienzo perseguirían al Independencia absoluta de España.
Sin ahondar más en la vida privada del fraile, nos limitaremos a su rol en la vida pública chilena, como diputado suplente, titular, y Presidente del Senado. Del mismo modo, fue el primer director del a su vez primer periódico chileno: la Aurora de Chile.
Debemos volver atrás unos meses y señalar que antes de que Henríquez comenzara a actuar abiertamente en cargos públicos del gobierno revolucionario, había publicado, en 1811, una célebre proclama bajo el anagrama de Quirino Lemáchez, en la cual se pronunciaba abiertamente por la Independencia de Chile, y que escribió con el objeto de influir en las futuras elecciones al mal denominado Primer Congreso Nacional.
Ahora bien, ¿Qué fue aquello que sostuvo Henríquez en su célebre proclama? En ella básicamente el autor exponía el discurso clásico español, ya esgrimido en Quito y Buenos Aires, que legitimaba la retrocesión de la soberanía a la Junta de Gobierno de Chile producto del cautiverio del Rey. Sin embargo, más allá de sólo reiterar lo ya para entonces conocido, también daba argumentos ilustrados que según él, impulsaban a Chile hacia una independencia mayor, así como realizar críticas al sistema de gobierno que la administración colonial había impuesto.
“Pudiendo esta vasta región subsistir por sí misma (…) ¿no era un absurdo contrario al destino y orden inspirado por la naturaleza ir a buscar un gobierno arbitrario, un ministerio venal y corrompido, dañosas y oscuras leyes, o las decisiones parciales de aristócratas ambiciosos, a la otra parte de los mares?”.
Días más tarde, Henríquez pronunciaría el discurso inaugural del Primer Congreso Nacional, durante su sermón en la Catedral de Santiago. En aquella pieza, fray Camilo efectúa una serie de proposiciones, según las cuales, desde el punto de vista de la religión católica, los sucesos acaecidos en Chile serían legítimos –refiriéndose a la constitución del Congreso- y autorizarían a dicho cuerpo a dictar una Constitución para el territorio. Del mismo modo, hacía mención de el necesario amor a la patria –término que veremos, es recurrente en el discurso de Henríquez-, y la necesidad de virtud cívica, como requisitos necesarios para la libertad y la felicidad públicas. Henríquez ve en la constitución, la única vía que puede prevenir que “se renueven los males que han oprimido a estas provincias”. Esta idea también se encontraba presente en su proclama, al señalar que:

“Estaba, pues, escrito, ioh pueblos!, en los libros de los eternos destinos, que fueseis libres y venturosos por la influencia de una Constitución vigorosa y un código de leyes sabias; que tuvieseis un tiempo, como lo han tenido y tendrán todas las naciones, de esplendor y de grandeza; que ocupaseis un lugar ilustre en la historia del mundo, y que se dijese algún día: la República, la potencia de Chile, la majestad del pueblo chileno”.                                                                      
Podemos ver como es frecuente el uso de términos como “amor a la patria”, “ciudadano”, “virtud cívica”, “libertad” y “felicidad pública”, así como la íntima relación que tenían para el fraile los conceptos de constitución y libertad. Solo mediante la práctica republicana, en el concepto moderno del término, podía asegurar a los ciudadanos la libertad necesaria para obtener la felicidad. No obstante el otorgamiento de una Constitución pasaba previamente por una reorganización política que acabase con el Antiguo Régimen. Es por ello que Henríquez constantemente alaba los sucesos revolucionarios y acusa al régimen previo de toda clase de abusos contra los habitantes de Chile y América.
“La patria va a elevarse a un grado inesperado de fuerza, de consideración, y de esplendor por la actividad, y solicitudes infatigables del Directorio, que no se aparta un punto de las miras, y planes adoptados por el systema justo de libertad de la América”.
¿Pero qué significaba para Henríquez ser libres? Lo primero que podemos concluir del discurso del fraile, es que para él la libertad política implica una ausencia de dominación, es decir, una libertad de determinación política: “La dependencia colonial, y la nulidad política son una misma cosa. Un pueblo que depende de una metrópoli, no figuran entre las naciones; no es mas que una provincia…”. Pero no solo de libertad política frente a la metrópoli, sino que Henríquez aspiraba a una libertad general de los ciudadanos. Es decir, la libertad tenía una arista exterior, que asegurara a los ciudadanos la capacidad de auto gobernarse, y a su vez, una libertad interior, entendida como la capacidad de los ciudadanos de participar activamente en la vida política. Sin participación, el amor a la Patria se inhibe en sus ciudadanos.
“Para que los ciudadanos amen a la patria, o digamos mejor, para que haya patria y ciudadanos, es preciso, que ella sea una madre tierna, y solicita de todos: que los bienes de que gozan en su país se lo haga amable: que todos tengan alguna parte, alguna influencia en la administración de los negocios públicos, para que no se consideren como extranjeros, y para que las leyes sean a sus ojos los garantes de la libertad civil”.
Ello también se ve reflejado en la crítica que el fraile hace de la tiranía: “…un fuego, que no sé si es amor sublime de la patria, el odio exaltado de la tiranía, o el deseo heroico de gloria…”, especialmente al referirse al gobierno de turno en Chile por aquellos días, refiriéndose a la dictadura impuesta por José Miguel Carrera.
“Vos pensais como los mayores hombres, quando os forzais a hacer militar a toda vuestra nación. Oh! Conozcan los pueblos, que son libres, y que deben serlo, y entonces todos serán soldados de la patria, todos pelearán con entusiasmo por su libertad; y la tiranía desaparecerá de la faz de la tierra. Pero que es lo que mas esensialmente  caracteriza la libertad de los pueblos? sin duda el derecho de hacer sus leyes (…) Haced, que conozca, que es libre, y que debe serlo; haced, que conozca, que la libertad la pone a cubierto de males incalculables; haced, que comienze a gustar algunas de sus ventajas, a lo menos una pequeña parte de sus grandes bienes, y entonces una revolución, cuyo objeto es la libertad, dará a los espiritus un movimiento nuevo, y nuevas ideas, y a los corazones nuevos sentimientos. Entonces resplandecerá en vuestro país el patriotismo escoltado de las virtudes republicanas, y aspirando a acciones inmortales.”
Confirmamos entonces, que Henríquez no pretendía solo obtener la independencia de España, sino que además, la instauración de una república democrática, quizás de manera restringida, donde todos los ciudadanos puedan participar y disfrutar de la libertad política alcanzada. La consecuencia de ello, será el amor que los ciudadanos tendrán por su Patria. Este sentimiento, para Henríquez, es condición necesaria para la subsistencia del nuevo Estado. El amor a la Patria implica ese amor y respeto a las instituciones vigentes: “se ama a la patria, cuando se ama y estima a la suprema magistratura que la preside, porque de la administración pública emanan los benes y los males del estado”. Es importante decir que era la Patria para Henríquez: “no es el suelo que pisan [los hombres], ni son los cerros, ni los ríos, ni los arboles, ni las casas: que es otra cosa más digna; las mas excelente que salió de las manos del Autor Universal; los hombres reunidos baxo un gobierno y unas leyes que a todos favorecen igualmente”.
Pero no solo mediante el amor a la patria se sustenta el discurso de fray Camilo. Una vez que la Constitución ha asegurado a todos los ciudadanos la necesaria libertad, tanto exterior como interior, para participar en la vida pública, y se ha presentado en ellos el amor a la Patria y su institucionalidad, surge entonces la necesidad de la virtud cívica como condición necesaria para que la nueva Nación no pierda le camino de la libertad: “no hay libertad sin virtudes”. La virtud no era para Henríquez sino la práctica esmerada de los deberes cívicos por parte de los ciudadanos. Dichos deberes debían tener por objeto la felicidad general, y promoviendo el bien común. Para ello, era necesario el desarraigo de la mezquindad, y la práctica de la justicia y la equidad por todos los ciudadanos: “ella contiene la práctica de las virtudes sociales, la justicia, le beneficencia, la conmiseración, la amistad, la fidelidad, la sinceridad, al agradecimiento, el respeto filial, la ternura paternal, todos los sentimientos en fin, que son como lazos que unen entre sí a los hombres, y forman el encanto de nuestra triste vida”, especialmente los gobernantes y legisladores. Así lo expuso en su proclama, al señalar que:
“En el momento en que se constituye un hombre legislador por el voto y la confianza de sus conciudadanos, deja de existir para si mismo y no tiene más familia que la gran asociación del Estado”. 

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