Artículos de Opinión

La prisión de Mubarak.

Por primera vez en la historia egipcia un ex presidente es condenado a perpetuidad, y explota el descontento entre quienes exigen su pena de muerte.

Por primera vez en la historia egipcia un ex presidente es condenado a perpetuidad, y explota el descontento entre quienes exigen su pena de muerte. Un verdadero “faraón” y héroe nacional de la guerra con Israel, ha sido definitivamente destronado. Algo impensable hasta hace año y medio y un nefasto ejemplo para los autócratas restantes, que los impulsará a resistir. Lo más extraño aún, es que todavía hay un gobierno militar, integrado por los colaboradores más leales de su propio régimen de treinta años. Todo lo cual nos demuestra que algo ha cambiado, trascendentalmente, en la inmutable historia reciente de ese país milenario. Como pude ser testigo presencial por años, el poder era ejercido en plenitud y abarcaba todos los ámbitos de la estructura social, sin oposición. No es posible anticipar lo que vendrá. Desde la confirmación de la sentencia hasta soluciones alternativas, revisándola, agravándola, o indultándolo por razones de su edad avanzada, motivos humanitarios, o carencia de pruebas incriminatorias, como se exculpó a sus hijos. Uno de los cuales, durante un tiempo, parecía ser su sucesor natural.
Hay factores muy variados que incidirán en ese futuro incierto. Son dos visiones contrapuestas. Por una parte, el mantenimiento de un sistema garantizado por los militares, con alteraciones formales, pero basado en los postulados de la revolución nacionalista que depuso, hace más de sesenta años a la débil y corrupta monarquía de Farouk, y que encarnaron Nasser, Saddat y el propio Mubarak;  representada por su ex primer ministro Ahmed Shafiq en las elecciones presidenciales de este mes. Por la otra, la Hermandad Musulmana, combatida siempre por la anterior, que ahora domina el parlamento y lleva como candidato a Mohamed Mursi. De triunfar, no sólo trasformará a Egipto haciéndolo más religioso e intolerante, sino toda la situación del Medio Oriente, ya suficientemente convulsionada por la crisis Siria, las tensiones entre Palestina e Israel, las luchas de poder en Túnez, Líbano o Libia, y las divisiones religiosas, entre otros desafíos.
Cualquiera de las dos que triunfe, ante la división irreconciliable, no podrá imponerse en plenitud y estaría obligada a negociar con la otra. Ojalá sean considerados quienes han estado al origen de los movimientos, la población que espontáneamente llenó la hoy simbólica Plaza Tahir y otros lugares del país. De no ser así, la nueva era de cambios que anhelan, se habrá debilitado antes de hacerse realidad. La región árabe habrá perdido una rara oportunidad de democracia y transformaciones. El mundo, será  todavía más inestable, y habrá consecuencias ineludibles para occidente. 

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