Artículos de Opinión

Las relaciones internacionales de Trump.

Ejercer el poder de manera clara, sin importar cuánto incide en las Grandes Potencias, ha constituido uno de sus pilares fundamentales de su política hacia el mundo.

A casi un año de la administración de Donald Trump, y al terminar el 2017, se puede hacer un esquemático balance preliminar de sus Relaciones Internacionales, por sobre las opiniones subjetivas y ligadas a su personalidad como Presidente de la primera potencia mundial.
Ha procurado, tanto en lo interno como en lo exterior, ser fiel a su programa de campaña y a su lema de un Estados Unidos primero que todo. Y en parte lo ha demostrado, con las consecuencias y las reacciones respectivas. Ejercer el poder de manera clara, sin importar cuánto incide en las Grandes Potencias, ha constituido uno de sus pilares fundamentales de su política hacia el mundo, diferenciándose de manera evidente de su predecesor Obama. Está empeñado no sólo en marcar distancia de ellas, sino hacer todo lo necesario para ir en sentido contrario. Pese a lo cual, las pugnas con Rusia o China, y hasta la Unión Europea, no han sido tan significativas todavía, obteniendo apoyos hasta en contra de Corea del Norte. Lo apreciamos, también, en la revisión de los acuerdos de libre comercio que no fueren beneficiosos para el país, o que de mantenerse, no demostraran una primacía económica o comercial demostrable en cifras o en ventajas para los norteamericanos. Es el caso del abandono del TPP.  Igualmente, en no continuar con los compromisos medioambientales, como el Acuerdo de París, que a su juicio lo limitaban. Y otro tanto en los cambios a la política migratoria.
En la misma línea, está su tensa relación con su vecino inmediato, México, en lo comercial como el NAFTA, o el acceso de personas bilateral con su proyectado muro, que seguramente continuará impulsando a ser pagado por el propio México. Se suma a la nueva actitud respecto a la normalización de los vínculos con Cuba, enfriados y condicionados al término de la era de los Castro que se avecina. Asimismo, respecto a Irán, sindicado como uno de los principales adversarios en el Medio Oriente y a su proyecto nuclear. Entre otras consideraciones, no hay duda de que esto ha incidido en la más reciente decisión de trasladar la Embajada estadounidense, a Jerusalén, contraria a las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, quebrando el precario equilibrio regional y, arriesgando con ello, el tradicional papel de facilitador en el conflicto entre Israel y Palestina, con todos los riesgos de un levantamiento y provocación de una tercera Intifada, como se ha podido comprobar. Recién, debió paralizar con el veto la Resolución del resto del Consejo de Seguridad de la ONU en apoyo a Palestina.
Las reacciones no se han hecho esperar en todos los temas indicados y varios más. Se le ha acusado de las tres “i” consabidas: improvisado, irresponsable, e impredecible. Y todas ciertas, en la medida en que contrastan las que el Estados Unidos de Omaba realizaba, y que han creado nuevos escenarios conflictivos. Sin embargo, no hay que atribuirlas sólo a la personalidad propia de Trump, de por sí poco empática y alejada de lo políticamente correcto, o en muchos casos, desafiante y desagradable. Hay detrás un programa que visto en el tiempo, no ha cambiado y lo advirtió sin ocultamientos desde el principio. Ha disminuido la gravitación del Departamento de Estado y otras Agencias, y no consulta a ningún especialista. Prioriza siempre al electorado que lo eligió, interesado en lo propio, no analítico, y que tan bien representa.
Es claro que sus adversarios Demócratas no le perdonan nada, y todo lo que hace o deja de hacer, es criticado violentamente, cualquiera sean sus resultados, únicamente porque emana de Trump, así como por muchos intelectuales y buena parte de los medios de comunicación no afines; si bien están en su derecho de hacerlo.
Pero, en el conjunto de su acción exterior, sería un análisis simple y superficial. Veámoslo desde otra perspectiva. Si Trump piensa que Estados Unidos debe ejercer todo su poder, sin importar cómo se reacciona, lo hace a conciencia de que utilizándolo, podrá presionar y obtener buena parte de sus objetivos, sin importar si los demás coinciden o no con el fin buscado. Es una nueva manera de dimensionar a Norteamérica más poderosa. No es lo que acostumbrábamos en comparación a la administración previa, con la que ha venido marcando su antagonismo, sin engaños y falsas esperanzas. Estaba en su programa de gobierno y lo desea cumplir. El mundo, en consecuencia, ha cambiado, en el casi año de gobierno, para bien o para mal. Está en el resto de la comunidad internacional permitirlo o contrarrestarlo, como se ha demostrado en variadas iniciativas, como el TPP que perdura, o respecto del  Cambio Climático en el nuevo Acuerdo de París.
Hay otra realidad para el mundo con un Estados Unidos diferente, que obliga a reflexionar y a actuar en consecuencia. (Santiago, 22 diciembre 2017)

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