Diario Constitucional

Reformas económicas y políticas

Prolegómenos de un proceso constituyente. Un llamado de atención a los ídolos

«?no siempre pueden los hombres sabios y políticos experimentados, escoger la mejor república o evitar la peor. Cuando así ocurre, es preciso obedecer la tormenta, amainar las velas, arrojar el lastre, aunque se trate de cosas preciosas, a fin de salvar el navío y arribar a puerto». Jean Bodin. (Rep. VI.1)

21 de noviembre de 2019·13 min de lectura
Imagen: lavozdemaipu.cl
Referencial

Durante más de tres décadas, la arenga motivacional más recurrente de la nación ha sido el crecimiento económico y sus repercusiones para el desarrollo del país. Mes a mes, como si fuera alguna especie de premio de la lotería, se nos hacía aguardar por el bendito IMACEC y, a cada fin de año, se nos comunicaba –muchas veces con decepción- si habíamos o no alcanzado el guarismo anhelado para el PIB. Adicionalmente –esta vez como más optimismo- nos complacíamos de haber mantenido a la monstruosa inflación dormida bajo las mareas, permitiéndonos así continuar sin mayores zozobras y turbaciones, nuestra navegación hacia el desarrollo. Todo eso: año tras año, gobierno tras gobierno.

De algún modo u otro, todos nos adiestramos en desenvainar rápidamente la cifra del PIB como un argumento objetivo que esgrimir en alguna discusión familiar o social. Donde la objetividad se basaba, eso si, exclusivamente, en el guarismo y no sobre la proporción de la cual es signo. De forma tal que su natural y aritmético descenso, década tras década, no concurría como la explicación más sencilla del aludido fenómeno económico, sino que, tal vez, para mantener el encanto sobre las virtudes sobre el otrora exclusivo argumento de la política, se buscaban, lejos de la sancta estrategia económica nacional[1], explicaciones más factibles de torcer y manipular.

A distancia de una explicación lógica proporcionada por la ciencia económica, las razones, en vez, se buscaban en el seno de otros campos del saber, como por ejemplo: el de la psicología. Es así como no resultaba infrecuente escuchar a ciertas voces autorizadas que nos explicaban majaderamente que todos nuestros tropiezos hacia el desarrollo eran más bien el fiel reflejo de la escasa productividad -ahora utilizando un promedio sin guarismo- del trabajador chileno; patología social que afectaba principalmente las expectativas de prosperidad de un siempre abstracto y esforzado pequeño emprendedor. Las más reputadas mentes económicas, políticas y empresariales embestían una y otra vez en contra de la anémica condición espiritual del chileno, que nos impedía, como único factor probable y demostrable, alcanzar a corto plazo la etiqueta de país desarrollado. Tal realidad subjetiva, traía consigo súbita e inapelablemente, el imponernos inmediatamente un régimen de esfuerzo y compromiso mayor con nuestros empleos y una deuda a pagar en aras de alcanzar el desarrollo; justificándose moralmente así ante todos, la negativa a discutir el aumento del salario mínimo, o las pensiones o cualesquier otro tipo de gasto social.

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