Opinión.
Hernán Cortés y Thomas Jefferson, dos visiones contrapuestas sobre hijos ilegítimos, por Enrique de la Llave.
El Imperio español, del que Hernán Cortes era parte, permitía el mestizaje mientras que la nueva república estadounidense, en sus orígenes, lo prohibía. Hernán Cortes y Thomas Jefferson fueron un claro ejemplo de ello. Cortés reconoció a sus hijos ilegítimos y les dio posibles y Thomas Jefferson los mantuvo como esclavos hasta su propia muerte.

La historia es una ramera caprichosa que besa a unos y escupe a otros, y los hijos ilegítimos de los poderosos han sido siempre un buen termómetro para medir hasta dónde llegaba la hipocresía de cada época.
Mientras algunos fueron tratados como príncipes, otros se quedaron en el rincón oscuro del desprecio.
Hernán Cortés, el hombre que quemó sus naves para conquistar el imperio méxica aliado con las fuerzas locales, y Thomas Jefferson, el ilustre demócrata que redactó la Declaración de Independencia con una pluma en la mano y un látigo en la otra –y que se convirtió en el segundo presidente de los Estados Unidos–, ofrecen un contraste fascinante sobre dos formas de ver la bastardía en la historia.
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