Diario Constitucional

Historia criminal y psicopatía

“Hijos de Caín”: una historia de los asesinos en serie desde la prehistoria

Los asesinos en serie y los criminales que hoy serían asociados a conductas psicopáticas han estado presentes a lo largo de la historia de la humanidad, aunque durante siglos fueron descritos bajo otras categorías. Esa es una de las ideas centrales de “Hijos de Caín”, obra del historiador Peter Vronsky, quien investigó casos vinculados con…

Por Redacción·10 de agosto de 2026·7 min de lectura
“Hijos de Caín”: una historia de los asesinos en serie desde la prehistoria
Referencial

Los asesinos en serie y los criminales que hoy serían asociados a conductas psicopáticas han estado presentes a lo largo de la historia de la humanidad, aunque durante siglos fueron descritos bajo otras categorías. Esa es una de las ideas centrales de “Hijos de Caín”, obra del historiador Peter Vronsky, quien investigó casos vinculados con asesinatos, violaciones, torturas, mutilaciones, canibalismo y necrofilia, abordando el fenómeno desde dimensiones históricas, evolutivas y antropológicas.

El recorrido planteado por el investigador se extiende desde la prehistoria, aproximadamente desde el año 15.000 antes de nuestra era, hasta la actualidad. Mucho antes de que comenzara a utilizarse el concepto de “asesino en serie”, este tipo de criminales eran identificados como monstruos, hombres lobo, vampiros, demonios o brujas y, posteriormente, especialmente durante el siglo XX, como psicópatas.

Precisamente durante el siglo pasado comenzaron a desarrollarse distintas aproximaciones destinadas a comprender un fenómeno que, según plantea el autor, existía desde mucho antes. Vronsky busca situar el asesinato serial dentro de la historia humana, profundizando tanto en la psicología de sus autores como en los elementos históricos, míticos y culturales que han condicionado la manera de entender el homicidio.

El título “Hijos de Caín” remite al relato bíblico del primer crimen de la humanidad, cuando Caín mata a su hermano Abel, y pretende situarse entre los estudios académicos especializados y el tratamiento sensacionalista que frecuentemente acompaña a las historias de crímenes reales.

Vronsky recuerda que, en 1979, cuando se encontró por primera vez con quien posteriormente sería identificado como un asesino en serie, ni siquiera sabía que existía una categoría ampliamente conocida para describir esa conducta. Según explica, el concepto circulaba principalmente en espacios especializados de investigadores y profesionales vinculados al FBI, que durante la década de 1970 comenzaron a enfrentar numerosos homicidios sin resolver, cometidos en distintas jurisdicciones y aparentemente vinculados a perpetradores únicos.

Uno de los criminales que posteriormente se transformaría en símbolo de este fenómeno fue Ted Bundy, responsable de la muerte de al menos 36 mujeres jóvenes y ejecutado el 24 de enero de 1989 en una prisión de Florida. Para Vronsky, Bundy se convirtió en una especie de prototipo del asesino en serie contemporáneo, en una época en que todavía no existía consenso social, mediático ni incluso forense respecto de cómo denominar a esta clase de criminales.

La obra aborda también la relación entre psicopatía y criminalidad. Vronsky sostiene que muchos asesinos en serie pueden presentar rasgos compatibles con instrumentos como la “Psychopathy Checklist Revised” (PCL-R), desarrollada por el psicólogo canadiense Robert Hare, aunque reconoce que todavía se conoce muy poco sobre las razones que explican el surgimiento de estos comportamientos y, especialmente, sobre por qué solo una proporción reducida de las personas con rasgos psicopáticos termina convirtiéndose en asesina serial.

El autor sostiene que una de las pocas conclusiones que pueden plantearse es que determinados patrones se originarían durante la infancia y que la mayoría de estos criminales comprende lo que está haciendo. Sin embargo, enfatiza que la existencia de psicopatía no conduce necesariamente al asesinato y que solo una ínfima proporción de quienes presentan esos rasgos desarrolla una trayectoria criminal de esa naturaleza.

Vronsky llegó al estudio de estos fenómenos también por una experiencia personal. Cuando era joven se cruzó fortuitamente en un ascensor con Richard Cottingham, quien posteriormente sería detenido por una serie de brutales homicidios. El criminal había asesinado y mutilado a dos mujeres en una habitación de hotel y abandonó el lugar mientras el investigador se encontraba en el edificio.

Cottingham fue detenido seis meses después, en mayo de 1980, y habría justificado su comportamiento ante la policía afirmando que tenía “problemas con las mujeres”. Se le atribuyeron seis homicidios cometidos durante aproximadamente dos décadas, mientras otras cuatro víctimas sobrevivieron. El perfilador Robert Keppel, quien trabajó con casos como los de Ted Bundy y Gary Ridgway —conocido como el asesino de Green River—, llegó a describir a Cottingham como uno de los casos más extremos entre los asesinos sádicos.

“Hijos de Caín” amplía así el trabajo desarrollado previamente por Vronsky en “Serial Killers: The Method and Madness of Monsters”, obra que abordaba el fenómeno moderno aproximadamente desde Jack el Destripador y la década de 1880. En esta ocasión, el historiador retrocede hasta la Edad de Piedra para construir una historia más extensa del asesinato sexual serial.

El propio Vronsky precisa que no se considera perfilador, psiquiatra forense ni clínico. Su aproximación es la de un historiador e investigador que busca comprender el asesinato serial mediante una narración histórica y situarlo dentro de un contexto social y antropológico de largo plazo.

Según plantea, los asesinos en serie claramente reconocibles son escasos en los registros históricos hasta mediados del siglo XV, cuando empiezan a aparecer con mayor frecuencia en documentos judiciales. Desde ese periodo surgieron figuras que entonces eran descritas como “hombres lobo”, expresión asociada a personas que perseguían, sometían, violaban, asesinaban e incluso consumían a sus víctimas.

Vronsky relaciona ese fenómeno histórico con las persecuciones por brujería que tuvieron lugar en Europa, caracterizadas por campañas sistemáticas de tortura y muerte contra mujeres. En 1484, recuerda, el Papa llamó a autoridades civiles y eclesiásticas a colaborar con inquisidores y demonólogos en la persecución de brujas, hombres lobo, monstruos y herejes. La figura del “hombre lobo” permanecería en el imaginario europeo durante varios siglos, llegando incluso hasta el siglo XIX.

La obra repasa numerosos casos posteriores. Entre ellos se encuentra Robert Christian Hansen, conocido como “el panadero carnicero”, quien asesinó entre 17 y 21 mujeres jóvenes en Alaska entre 1972 y 1983. Según el relato recogido por Vronsky, Hansen trasladaba a algunas víctimas en su avioneta hasta zonas remotas y las obligaba a correr por los bosques mientras las perseguía como si se tratara de una cacería.

Otro caso analizado es el de Martin Dumollard, conocido como “el asesino de criadas”, quien operó en Francia durante el siglo XIX. Su método consistía en viajar hasta Lyon y acercarse a mujeres jóvenes que buscaban empleo, para posteriormente conducirlas hasta lugares apartados donde las atacaba. Durante casi una década contó con la colaboración de su esposa, Marianne Martinet.

En 1860, una de sus víctimas, Marie Pichon, logró escapar y denunció lo sucedido ante la gendarmería de Montluel. Gracias a su descripción, Dumollard fue detenido el 3 de junio de ese año. Su juicio se desarrolló en enero de 1862 y, según el relato, afrontó el proceso con frialdad, negando los homicidios e intentando responsabilizar a supuestos cómplices, aunque reconoció haber captado a algunas víctimas.

El caso sirve también para ejemplificar lo que Vronsky denomina “ceguera a la conexión”: la incapacidad de distintas unidades policiales para detectar que diversos delitos aparentemente independientes presentan características comunes que podrían conducir a un único responsable. Este problema, sostiene, continúa siendo uno de los principales desafíos en las investigaciones de asesinatos seriales.

El historiador también observa que una cantidad relevante de los asesinos en serie estadounidenses asociados a la denominada “edad de oro” del fenómeno crecieron durante la Segunda Guerra Mundial o en los primeros quince años del denominado baby boom, comenzando muchos de ellos sus crímenes entre las décadas de 1970 y 1990.

Pese a la notoriedad pública alcanzada por estos casos, Vronsky subraya que los asesinos en serie siempre han constituido un fenómeno estadísticamente infrecuente. A su juicio, la propia definición del asesino serial también depende de factores históricos, políticos, sociales, psicológicos, criminológicos, económicos y culturales.

En esta discusión intervienen también otros especialistas. El psiquiatra José Miguel Gaona, experto en trastornos antisociales de la personalidad, ha sostenido que organizaciones extremistas como Estado Islámico pueden constituir escenarios especialmente atractivos para individuos con perfiles criminales psicopáticos, debido al contexto de violencia extrema que ofrecen.

Por su parte, el psicólogo y criminólogo Vicente Garrido, autor de “Asesinos múltiples y otros depredadores sociales”, ha estudiado igualmente este tipo de comportamientos y las características de quienes protagonizan crímenes múltiples.

Vronsky plantea además una provocadora reflexión sobre la evolución humana y la socialización, preguntándose no solo por qué determinadas personas se convierten en asesinos en serie, sino por qué la mayoría no lo hace. Su tesis es que los mecanismos sociales, culturales y evolutivos cumplen una función decisiva en contener determinadas conductas agresivas presentes en el ser humano.

La obra también destaca que el fenómeno no ha sido exclusivamente masculino. A lo largo de la historia existieron numerosas mujeres asesinas en serie, algunas de las cuales recurrieron al veneno o a la asfixia para matar a esposos, amantes, hijos, hermanos, padres, conocidos o desconocidos, motivadas por razones diversas, desde beneficios económicos hasta motivaciones depredadoras, hedonísticas o psicopatológicas.

Según recuerda el autor, el uso de veneno por parte de mujeres llegó a generar tal preocupación durante el siglo XIX que, en la década de 1850, el Parlamento británico debatió incluso la posibilidad de establecer restricciones a la venta de arsénico a mujeres.

De este modo, “Hijos de Caín” propone observar el asesinato en serie no únicamente como una categoría contemporánea de la criminología, sino como un fenómeno que ha acompañado a las sociedades durante siglos y cuya interpretación ha cambiado junto con la historia, la cultura, la ciencia y las instituciones encargadas de investigar y sancionar el crimen.

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