Derechos de la naturaleza y ONU
Hacia un nuevo pacto de las Naciones Unidas por la Naturaleza
A 80 años de su creación, la ONU enfrenta su mayor crisis de legitimidad desde una mirada socioambiental: nació ignorando a la Naturaleza como sujeto de derechos y, al subordinarse al paradigma del desarrollo y al poder corporativo, ha fracasado en responder con eficacia a la emergencia climática. Hoy urge un nuevo pacto global que incorpore los Derechos de la Naturaleza y transformaciones profundas más allá del desarrollismo.

Este 24 de octubre, el mundo conmemora los 80 años de las Naciones Unidas (ONU), nacida como respuesta a los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Con el objetivo declarado de mantener la paz internacional, promover los derechos humanos y fomentar la cooperación entre naciones, la ONU se presentó como un faro de esperanza para un planeta devastado. Sin embargo, desde una mirada socioambiental, es imposible no cuestionar sus fundamentos y su trayectoria, especialmente en un contexto de crisis climática global que amenaza la supervivencia misma de la vida en la Tierra.
Lo menciono porque, desde sus inicios, la ONU cometió un error estructural al no incluir a la Naturaleza como un sujeto central en su Carta fundacional. El documento, firmado en San Francisco, se centra exclusivamente en las relaciones entre estados y seres humanos, ignorando por completo las interdependencias ecológicas que sostienen la existencia. No hay mención a los ecosistemas, los ríos, los bosques o los océanos como entidades con derechos propios o como pilares inseparables de la paz y la justicia.
Esta omisión no es casual: refleja el antropocentrismo dominante, heredado de un modelo civilizatorio, colonial e industrial de siglos anteriores, el cual se fue distanciando cada vez más de los ciclos de la Naturaleza, como si los seres humanos estuviéramos fuera de ellos, haciendo que las instituciones modernas reprodujeran la dicotomía cultura-naturaleza. En el caso de la ONU, esta no ha sido capaz de superar aquello y ha terminado por ser parte del problema, más allá de algunos intentos por incorporar lo medioambiental en su agenda, pero siempre subordinado al discurso del desarrollo.
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