Diario Constitucional

Política exterior y diálogo

¿Qué lugar ocupa la diplomacia en el Chile de hoy? Diplomacia, diálogo y política de Estado frente a un mundo vez más interconectado

En una época signada por la interdependencia global, las crisis internacionales repercuten de forma directa en nuestra realidad nacional. En este escenario, la diplomacia se erige como un pilar estratégico del Estado. ¿Se abordan las decisiones de política exterior bajo una perspectiva republicana de largo plazo, o supeditadas a la coyuntura del gobierno de turno?

Por Redacción·12 de agosto de 2026·5 min de lectura
¿Qué lugar ocupa la diplomacia en el Chile de hoy? Diplomacia, diálogo y política de Estado frente a un mundo vez más interconectado
Referencial

Para Chile, esta realidad es especialmente relevante. Nuestra economía, nuestra seguridad, nuestra posición en el Pacífico y nuestra relación con América Latina y el resto del mundo dependen, en gran medida, de nuestra capacidad para relacionarnos, negociar y cooperar con otros Estados.

Sin embargo, mientras el mundo avanza hacia una mayor interdependencia, pareciera que parte de nuestra sociedad permanece estancada en lo inmediato y en lo ordinario. El debate público muchas veces ha perdido profundidad. La discusión sobre asuntos complejos es reemplazada por opiniones rápidas, titulares y tendencias pasajeras. La educación en materias específicas parece tener cada vez menos espacio, mientras las redes sociales se han convertido en uno de los principales escenarios donde se construye opinión.

Nunca habíamos tenido tanta información disponible y, paradójicamente, pocas veces había sido tan necesario aprender a distinguir entre estar informados y estar realmente educados.

Las redes sociales no son, por sí mismas, el problema. El desafío está en una sociedad que puede pasar horas consumiendo contenido sin detenerse a comprender los procesos políticos, económicos e internacionales que determinan su propia realidad. En un mundo donde una crisis al otro lado del planeta puede afectar nuestros mercados, nuestra seguridad o nuestras relaciones internacionales, la indiferencia frente a estos asuntos tiene un costo.

Esta dificultad tampoco se encuentra únicamente en nuestra relación con el mundo. También se manifiesta dentro de nuestra propia política. Cada vez parece más frecuente que las decisiones públicas sean abordadas desde la lógica de los partidos que ejercen el gobierno, donde el diálogo termina condicionado por la posición política de quien propone una determinada medida. La discusión democrática, que debería ser un espacio para encontrar acuerdos, corre el riesgo de transformarse en una disputa permanente por imponer posiciones.

Y aquí la diplomacia tiene algo que enseñarnos. Diplomacia no significa renunciar a las convicciones; significa comprender que defender una posición también exige escuchar a quien piensa distinto. Negociar no es ceder principios, y dialogar no significa abandonar las propias ideas. Por el contrario, muchas veces es la única manera de construir acuerdos que puedan trascender a quienes circunstancialmente ocupan el poder.

Chile tiene una historia institucional marcada por momentos en que el diálogo y la construcción de acuerdos permitieron avanzar en materias que parecían difíciles de resolver. Recuperar esa capacidad no debería ser visto como una debilidad política, sino como una fortaleza democrática.

Y aquí surge una pregunta que deberíamos hacernos con mayor frecuencia: ¿estamos tomando decisiones de política exterior pensando en Chile como Estado, o pensando en Chile desde la lógica política del gobierno de turno?

Nuestra propia política exterior ofrece ejemplos que merecen ser discutidos.

En febrero de este año, Chile, Brasil y México oficializaron la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet a la Secretaría General de las Naciones Unidas. Su experiencia internacional, incluyendo su labor como Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y como Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, hacía de su candidatura una oportunidad de posicionamiento internacional para nuestro país.

Sin embargo, pocas semanas después, el Gobierno de Chile decidió retirar su apoyo y dejar de participar en los esfuerzos de promoción de la candidatura. La decisión fue justificada por el escenario electoral y la dispersión de candidaturas latinoamericanas, mientras que Brasil y México continuaron respaldándola.

Independientemente de las posibilidades reales de éxito de la candidatura, creo que esta decisión merece una discusión que vaya más allá de Michelle Bachelet y de cualquier posición política partidista.

Porque una candidatura chilena a la Secretaría General de Naciones Unidas no representa únicamente a una persona. Representa también una oportunidad para que Chile tenga una presencia diplomática mucho más visible, para abrir canales de diálogo y para mostrar al mundo aquello que también forma parte de nuestra identidad como República.

Chile ha construido, con avances y retrocesos, una tradición institucional que merece ser proyectada internacionalmente: la continuidad de sus instituciones, la alternancia en el poder, la importancia de la democracia, el respeto por el Estado de Derecho y la capacidad de construir políticas de Estado que trasciendan gobiernos.

La diplomacia puede ser precisamente el vehículo para proyectar esos valores.

Por eso, el retiro del apoyo a una candidatura como esta es una decisión cuyos efectos todavía están por verse. Puede ser una decisión estratégica legítima, pero también puede significar la pérdida de una oportunidad diplomática considerable: la posibilidad de utilizar una candidatura internacional para fortalecer la presencia de Chile, construir relaciones y ampliar nuestra capacidad de influencia más allá de nuestros tradicionales espacios de participación en Naciones Unidas.

Esto demuestra algo fundamental: la política exterior también es política nacional.

Chile necesita una política exterior capaz de trascender los ciclos políticos y consolidarse como una verdadera política de Estado. Las diferencias entre gobiernos son propias de una democracia, pero existen principios que deberían permanecer: el respeto al derecho internacional, la defensa de los derechos humanos, el multilateralismo, la cooperación internacional y la protección de nuestros intereses nacionales.

Pero no basta con exigir una diplomacia preparada si como sociedad no estamos dispuestos a prepararnos para comprender el mundo.

Las universidades, los espacios de debate, las organizaciones estudiantiles y los Modelos de Naciones Unidas tienen, en este sentido, un papel fundamental. No se trata solamente de formar futuros diplomáticos. Se trata de formar ciudadanos capaces de debatir, escuchar posiciones distintas, comprender conflictos y construir argumentos antes de emitir una opinión.

En una época dominada por la inmediatez, detenerse a estudiar, debatir y comprender también es una forma de resistencia.

Chile no puede aspirar a tener una presencia internacional relevante si su propia sociedad pierde el interés por comprender lo que ocurre más allá de sus fronteras.

La diplomacia no consiste únicamente en representar a Chile ante el mundo. También consiste en decidir qué Chile queremos representar ante él.

Y quizás el primer paso sea volver a valorar aquello que hoy parece cada vez más extraordinario: pensar antes de opinar, debatir antes de descalificar y educarnos antes de creer que lo sabemos todo.

Pablo Martín Quinlan

Presidente Modelo de Naciones Unidas UNAB

Centro de estudiantes de Derecho Departamento Académico UNAB Viña del Mar

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