Diario Constitucional

Opinión.

El confuso discurso de los derechos humanos, por Fernando Simón Yarza.

Parece difícil negar que el lenguaje de los derechos humanos se ha desbocado, hasta el punto de ser utilizado hoy para defender todo tipo de deseos y pretensiones: desde el aborto al suicidio, pasando por los vientres de alquiler, el incesto o el cambio de sexo.

Por Fernando Simón Yarza·04 de enero de 2024·8 min de lectura
Imagen: aceprensa.com
Referencial

En una reciente publicación de aceprensa.com se da a conocer el artículo «El confuso discurso de los derechos humanos», de Fernando Simón Yarza, Catedrático acreditado de Derecho Constitucional Universidad de Navarra

La Declaración Universal de los Derechos Humanos ha cumplido recientemente 75 años. Sin perjuicio de la utilidad que, en tantas ocasiones, ha demostrado como salvaguarda de bienes básicos, su interpretación moderna se presta a confusiones y abusos; en parte, precisamente, porque el término “derecho” parece suponer la delimitación clara de algo que corresponde a una persona real y en un tiempo y lugar determinados, lo que no siempre ocurre con los derechos recogidos en la Declaración; y, menos aún, con otros “nuevos derechos” que algunos reivindican, como el derecho al aborto o al cambio de sexo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la convicción de que existen valores objetivos a cuya realización debe servir el orden jurídico de la sociedad desembocó, como es sabido, en la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que acaba de cumplir 75 años. La principal impulsora del proyecto fue Eleanor Roosevelt, y su redactor más importante fue el jurista René Cassin. Entre los pensadores que contribuyeron a promover la Declaración se cuentan figuras como el historiador de Cambridge, Edward Hallet Carr, el filósofo de la Universidad de Chicago, Richard McKeon, o el célebre filósofo tomista Jacques Maritain, por citar tan sólo algunos nombres. La concordancia de personas de tradiciones muy distintas en torno a un catálogo de derechos parecía provenir, en última instancia, de la naturaleza básica de los bienes humanos enunciados por el catálogo: vida, libertad, seguridad, privacidad, familia, etc. En la medida en que los derechos humanos reconocidos tienen como objeto, como sostendría entre otros John Finnis, “bienes humanos básicos”, la concordancia universal en torno a su contenido resulta natural.

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