Artículos de Opinión

El plan de Trump para israelíes y palestinos.

Permanecen inmutables, varios aspectos tan sensibles como mantener Jerusalén como la capital única e indivisible, la mayor parte de los asentamientos ya instalados, y otras ocupaciones territoriales que permanecen sin alteraciones significativas, todavía calificadas de ilegales.

Con la aceptación del Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, Trump ha sorprendido anunciando un nuevo y ambicioso plan al conflicto secular entre israelíes y palestinos, presentado con todos los adjetivos altisonantes, fiel a su estilo. Una osada iniciativa, en la que tantos otros presidentes norteamericanos, líderes europeos y de otras potencias mundiales y regionales, no han logrado resultados apreciables. Un conflicto muy antiguo, y con profundas raíces que se remontan en la historia, con componentes raciales, religiosos, estratégicos, territoriales, poblacionales y múltiples otros factores, donde toda búsqueda de una solución real, muchas veces, agudiza las diferencias en vez de producir acercamientos constructivos, por más buena voluntad y originalidad que tengan los planteamientos. Una región siempre volátil y dispuesta a confrontarse al menor cambio en las posiciones, bastando algunos disparos o el lanzamiento de un misil, para terminar con cualquier proyecto de paz.

El plan tiene variados aspectos, tanto técnicos como políticos. Los primeros apuntan, a grandes rasgos, pues contiene gran variedad de asuntos, a la coexistencia mutuamente aceptada de los dos Estados, el de Israel y el de Palestina, y el respaldo internacional del mundo árabe. Palestina ya es reconocida como Estado por algunos organismos Internacionales, como la UNESCO, y Miembro pleno de la Liga Árabe, pero sólo es Estado Observador en Naciones Unidas. Un aumento de los territorios palestinos aledaños a los ya detentados, que podrán duplicarse, sobre todo en la Cisjordania, sumada una ayuda económica de 50 millones de dólares. El término de los desplazamientos constantes; aceptación de un sector del lado Oriental como capital del Estado Palestino; así como otros en el terreno, como la discontinuidad, que sería paliada por túneles; fin al reparto inequitativo de las aguas; menores limitaciones a los traslados de la población laboral; cese del creciente aumento de los asentamientos; permeabilidad del muro de separación que protege sectores de Jerusalén israelí de otros bajo posesión palestina; menor control policial permanente; y tantas otras condicionantes que existen.

Se presentan en el plan, como logros importantes, y en cierta medida lo son por las concesiones israelíes que implican, y la modificación en algunas de sus posiciones tradicionales. Eso sí, permanecen inmutables, varios aspectos tan sensibles como mantener Jerusalén como la capital única e indivisible, la mayor parte de los asentamientos ya instalados, y otras ocupaciones territoriales que permanecen sin alteraciones significativas, todavía calificadas de ilegales.

En lo político, no obstante dichos avances, desde el punto de vista palestino, el plan comienza por no considerar la reclamación de Al Qouds (su Jerusalén), como capital a la que no han renunciado; no contiene, el cese y la desocupación o el pago de las indemnizaciones de aquellos lugares ilegalmente conservados; la vuelta a hogares ancestrales u otras compensaciones; el control efectivo de los recursos escasos; una mayor vinculación práctica entre los territorios dispersos; y muchas otras reclamaciones tradicionales. Todas las cuales se mantienen y han formado parte de tantas negociaciones pasadas. Temas ultra- sensibles, que parece difícil sean modificados en esta oportunidad.

Los más de setenta años, sino más, de continua pugna entre las partes, así como las veces en que se han procurado acercamientos y propuestas de solución, sin mayores resultados, todavía están presentes en las posturas de ambos. Podemos recordar las de Camp David, donde Clinton juntó a Rabin y Arafat, en 1993. Los acuerdos de Oslo y Madrid, las iniciativas del llamado cuarteto, con participación de Naciones Unidas. O las siempre presente Resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad del Organismo, básicamente incumplidas. El propio Secretario General de la ONU ya adelantó que el plan de Trump, las contraviene.

El Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, anticipó su rechazo. Para qué decir el movimiento Hamas que controla la franja de Gaza, que sin leerla, la consideró inaceptable. Turquía e Irán, actores de creciente incidencia en la región, igualmente manifestaron su oposición. Egipto la estudia, por su vecindad y permeabilidad con Gaza, que le perteneció, y devolvió a los palestinos. La Liga Árabe la examina, analizando otras reacciones, pues hay países del Golfo que la han valorado por cercanía a Estados Unidos, y la necesidad de velar por su seguridad, hoy comprometida por la crisis con Irán. Se sabe que cualquier iniciativa de alguno de los actores importantes de esa región, incidirá en la conducta de los demás. Tenemos por ejemplo, las Alturas del Golán, en manos de Israel y arrebatadas a Siria, sumida en su actual conflicto interno de casi ocho años, y con la conocida injerencia de Rusia, otro actor trascendente que no ha explicitado su posición, la que se puede anticipar como poco favorable.

Hay que reconocer que Trump ha efectuado un ofrecimiento digno de ser valorado, aunque en definitiva sea muy cercano a los más importantes intereses de Israel, pues la sintonía entre ambos es evidente y ha sido la tónica de la actual administración americana. Ciertamente, la condiciona, y sus beneficios eventuales para los palestinos, a cambio de un mayor reconocimiento, ayuda y otros beneficios, no termina con el sesgo pro-israelí del plan.

Posiblemente todo ello no será más que una voluntariosa iniciativa, bien intencionada, por sobre los avatares internos de Trump, lo que tal vez, la relegue a un nuevo fracaso similar a varias otras que la han precedido o la haga languidecer en el tiempo. Y no se trata de encontrar la fórmula mágica que ponga fin a un conflicto tan antiguo y con tantas ramificaciones. Por sobre si tal fórmula existe, lo que parece irreal por ahora, se trata de una nueva propuesta eminentemente, norteamericana e israelí, por lo que se vuelve a repetir la misma constante habitual. Vale decir, es el mundo occidental el que procura acercarlos, u ofrece soluciones a un tema propiamente local, donde sólo las partes involucradas están llamadas a hacerlo. Cualquier propuesta foránea, nunca será capaz de abarcar las profundas divergencias ancestrales entre israelíes y palestinos, por mucha voluntad con la que se  proponga, o por adecuada y lógica que pueda parecer a las democracias occidentales. Sólo ellos, si así lo desean, podrán alcanzar a un acuerdo eficaz.

Un elemento esencial que el plan de Trump, carece. (Santiago, 3 febrero 2020)

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