Sistema electoral y representación
El escaño y la trinchera. La paradoja de la representación de nicho. Por qué el diseño del sistema electoral chileno premia el doctrinarismo de minorías y castiga la construcción del bien común
El diseño institucional no es neutral. Modela la conducta política y fija los límites del debate. La degradación parlamentaria en Chile no responde a fallas individuales, sino a incentivos perversos. El sistema electoral actual premia el nicho identitario y el agravio por sobre la mayoría, fragmentando la representación mientras otorga poder normativo total a lógicas de trinchera. Superar esta parálisis exige una reforma estructural —con umbrales estrictos y mayor cohesión partidaria— para erradicar el caudillismo de nicho y rescatar la gobernabilidad.

El análisis sobre la degradación de la política chilena (En todos sus aspectos. Desde la calidad de nuestros políticos, hasta la crisis de legitimidad de los mismos) suele extraviarse en el reproche moralista. Con frecuencia se atribuye el bajo nivel del debate parlamentario —o congresista mas bien, ya que en Chile hay congreso no parlamento— a una supuesta pérdida de calidad humana o intelectual de las élites dirigentes. Sin embargo, la ciencia política y la sociología institucional enseñan que los actores políticos responden a incentivos concretos. Cuando la conducta generalizada de un Congreso gira en torno al efectismo, la polarización y la indisciplina, el problema no es de virtud individual: es de arquitectura institucional —Al igual que la actual crisis de desempleo. Responden a problemas estructurales—.
Convengamos que no hemos desarrollado mayormente el presente artículo y ya contamos con dos problemas de peso y ambos responden a factores sistemáticos ¿No será que nuestros políticos luego de que Chile estuviera en sus mayores años de progreso, nunca le siguieron el hilo al desarrollo de la sociedad, y ahora como gran parte de nuestros problemas a nivel país son debido a problemas estructurales? ¿Cuando nos ponemos al día con los chilenos y chilenas de nuestro país?
El sistema electoral vigente ha incubado una paradoja institucional profunda: la hiperfragmentación de la representación. Bajo las reglas actuales, un candidato a diputado no necesita construir una mayoría —objetivamente hablando— ni convencer al elector medio de su distrito. Tampoco requiere presentar una visión comprensiva sobre los
problemas del país. Le basta con identificar, movilizar y fidelizar a un nicho mínimo —un 2% o 3% de votantes intensamente ideologizados o movilizados por una causa identitaria—para asegurar su escaño.
Nuevamente, recordemos la crisis que significó en la derecha el cambio del pasado sistema binominal. A la actualidad el nuevo sistema electoral está creando otra y esta vez para toda una parte fundamental de la clase política —Diputados y Senadores—. Osea, nuevamente se legisló algo que en realidad creó otros problemas. ¿Cuando legislaremos de forma sustentable y sostenible en el tiempo? Nuestros país necesita certezas e incentivos correctos.
El problema de fondo no radica únicamente en cómo se llega al Congreso a perse, sino en lo que ocurre al cruzar sus puertas. Una vez investido como legislador, aquel representante cuyo mandato emana de una facción hiperespecífica adquiere la potestad de votar leyes que vinculan y regulan la vida de más de diecinueve millones de chilenos. La desproporción entre la pequeñez del nicho que otorga el triunfo y la magnitud del poder normativo que se ejerce destruye el principio cardinal del gobierno representativo.
Desde la perspectiva del análisis institucional desarrollado por Daniel Mansuy, los partidos políticos han dejado de actuar como órganos de mediación y síntesis. En lugar de funcionar como fraguas donde se disciplinan las facciones y se articulan proyectos de alcance nacional, las colectividades se han convertido en meras marcas de alquiler para emprendimientos políticos personales —Todo esto por supuesto, con políticos dignos a lo menos no se añadiría el apellido de “emprendimiento poltico personal”, pero lamenteblemente vacío que hay en nuestra legislación actual será utilizado para un provecho personal para una elite que debiese ser ejemplar. La clase política—.
Si el diseño electoral penaliza la convergencia y otorga altas recompensas a la diferenciación extrema, la conducta racional del legislador —lógicamente— consistirá (y consiste) en mantener encendida la pradera de su nicho. El titular sensacionalista, el voto disidente y la retórica de trinchera resultan mucho más rentables para la reelección que la silenciosa tarea de redactar leyes transitables o construir acuerdos transversales. Entonces es como descubrimos que la indisciplina no es una anomalía del sistema; es la estrategia más eficiente para sobrevivir en él. Esta dinámica tiene un correlato aún más profundo en el plano conceptual —ahora sí, luego de pequeños comentarios, este es el descargo—. Como ha argumentado Hugo Herrera, la política chilena ha sufrido una progresiva desconexión respecto de la realidad social concreta y del pulso de la comunidad nacional. Al replegarse en la complacencia de sus pequeños feudos electorales, la élite parlamentaria reemplaza la comprensión amplia de los malestares ciudadanos por esquemas doctrinarios rígidos y autorreferentes.
Cuando el representante solo le habla a su tribu, la política pierde su vocación integradora. El Congreso deja de ser la sede donde se sintetizan los afanes y tensiones de la nación para transformarse en un teatro de resonancia dogmática. La búsqueda del bien común queda cancelada, pues cualquier concesión pragmática hecha en favor de la gobernabilidad es leída por el nicho electoral como una traición imperdonable —Podemos hablar también de como en parte esto es imputable a nosotros. Los ciudadanos. En cuanto a que también premiamos a quienes nos sirven más, incentivando un clientelismo no tan solo en el plano material sino mas bien integral, incluyendose así el área comunicacional; Aunque si bien no creo que esto sea un reproche valido a realizarnos —debido a razones obvias— en estos momentos hay que “jugar con la idea” y dejar sobre la mesa múltples planteamientos—.
Las consecuencias de este diseño están a la vista: Un sistema político incapaz de ofrecer certezas a la ciudadanía, reformas estructurales trabadas durante décadas y un desgaste acumulativo en la legitimidad de las instituciones democráticas. Cuando el Estado no logra resolver las urgencias cotidianas en seguridad, salud o pensiones, la ciudadanía experimenta la polarización no como un exceso ideológico, sino como la consecuencia natural del desamparo institucional.
Superar la parálisis no requiere apelar a la buena voluntad de los actores, sino reformar las reglas del juego. Una democracia gobernable exige introducir un umbral electoral exigente para el ingreso de partidos al Congreso, desincentivar el transfuguismo y devolverle a las colectividades la capacidad de ordenar el trabajo parlamentario. Solo reconfigurando los incentivos será posible que la búsqueda de la mayoría vuelva a ser la estrategia más rentable en la política chilena.
Luccas Bourguet Bustamante
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