Cuidado familiar y estado
Lilo y Stitch… ¿y Nani?
A partir de Lilo y Stitch, la opinión reflexiona sobre el impacto de la intervención estatal en familias vulnerables y la sobrecarga que enfrentan quienes asumen labores de cuidado, especialmente las mujeres. El análisis plantea que las políticas de empleo y crecimiento económico deben considerar la protección de la familia, la corresponsabilidad y el derecho autónomo al cuidado reconocido por el sistema interamericano.

Si bien la película Lilo y Stitch (Disney, 2002) se enfoca en la amistad entre una niña y un extraterrestre, al tratar de manera muy significativa las implicancias de la intervención estatal en las familias más vulnerables, amerita un análisis especial.
Esta problemática queda muy bien representada cuando el trabajador social, a nombre del Estado, exige a Nani, en su calidad de hermana mayor, cuidar a Lilo y, a la vez, generar ingresos y tener un trabajo estable; de no cumplirlo, el cuidado de la niña sería entregado a otra familia que, a su criterio, resulte más idónea para cumplir con esa labor.
Tal decisión, que se traduce en la ruptura del grupo familiar, no es del gusto de la pequeña, quien, pese a todo, prefiere estar con su hermana; sin embargo, su voz no es escuchada. Por su parte, Nani -mujer joven, perteneciente a una comunidad indígena, huérfana, sin red de apoyo ni recursos económicos-, está compelida a cumplir con tales cometidos, con una carga (invisible y culposa), pues debe desempeñar dos roles al mismo tiempo, lo que resulta imposible; es así como Nani se vuelve víctima de una política que, en lugar de protegerla, la amenaza con quitarle lo único que heredó de sus padres: su hermana.
Para poder seguir viviendo con Lilo, el sistema obliga a Nani a ejercer la marentalidad y, paralelamente, trabajar y generar recursos de forma continua, sin ofrecer ningún tipo de apoyo e ignorando la sobrecarga mental y emocional que se le está generando. En efecto, tal circunstancia demuestra que los estereotipos en materia de responsabilidad familiar, así como los sesgos asociados a los trabajos informales o esporádicos de quienes, además de brindar sustento económico a las personas que tienen a su cargo, deben educar, guiar y asistir a otros, son considerados por los órganos estatales y la comunidad como indicadores de inhabilidad o incapacidad para ejercer la parentalidad de forma activa. Es en esta parte del filme donde queda en evidencia la feminización de la pobreza, pues lo que impide que Nani tenga un empleo formal y estable es el tipo de cuidado que la institucionalidad entiende que es el adecuado para poder seguir a cargo de su hermana. Pese a lo ilustrativa que resulta la figura de Nani, por desgracia, su situación transciende a la caricatura, tal como lo expuso Claudia Goldin, quien fue galardonada en el año 2023 con el Premio Nobel de Ciencias Económicas, quien investigó el rol de las cuidadoras en la sociedad y explicó la brecha salarial y la infrarrepresentación femenina en el mercado laboral, la cual obedece a la carga de cuidados no remunerados que recae en las mujeres, de forma desproporcional; a su entender, esto posiciona al hogar como el origen de la desigualdad, ya que coarta la libertad económica de las mujeres, quienes deben hacerse cargo de su familia incluso si nadie más lo hace pese a estar obligados moral o legalmente a ello.
Aun cuando Nani no es protagonista de esta película, su personaje revela el real impacto de la intervención estatal en aquellos grupos vulnerables y las dificultades que debe enfrentar este sector de la población para mantener la unidad familiar, como ocurre con los hogares monoparentales. De hecho, en estos casos, la aplicación de criterios estandarizados para determinar la idoneidad de una persona para ejercer las labores de cuidado de otra, no debería ser entendida como la aplicación del principio de igualdad; por el contrario, si no se considera la situación particular de cada persona al momento de adoptar una decisión por parte de las autoridades, en vez de reducir las desigualdades sociales, se aumentan las barreras que la enfrentan las personas y familias involucradas.
Lo anterior cobra especial relevancia si recordamos que, para Lilo, Ohana es familia… y la familia nunca te abandona ni te olvida; pues bien, el concepto Ohana no solo nos insta a avanzar sin abandonar ni excluir a nadie, sino que cobra un significado especial tratándose de los más débiles, pues mandata al Estado y a la sociedad en su conjunto a mantener a los integrantes de un grupo familiar dentro del mismo circulo para poder seguir adelante y no dejarse solos unos a los otros.
Como chilenas, mamás, hijas, estudiantes y trabajadoras, les invitamos a reflexionar sobre las nuevas medidas económicas que se están adoptando, las cuales no solo atentan contra la posibilidad de conciliar la vida laboral, personal y familiar de las personas, sino que vuelven a invisibilizar la realidad de quienes requieren especial atención, precarizan la situación de los/las cuidadores/as, y lo que resulta más preocupante, amenazan los derechos de nuestra Ohana.
Si bien el trabajo y el crecimiento económico son importantes para el desarrollo de una nación, nuestra Constitución reconoce que la familia (y no la empleabilidad) es el núcleo fundamental de la sociedad, por lo que debe protegerla en forma directa, propendiendo a su fortalecimiento, garantizando condiciones sociales para su desarrollo y velando por los derechos de sus integrantes.
No hay que olvidar que en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) mediante su Opinión Consultiva de la 31/2025, concluyó que el cuidado constituye un derecho autónomo, por lo que corresponde a los Estados respetarlo y garantizarlo, adoptando las medidas que sean necesarias para lograr su plena eficacia. Resulta del todo pertinente destacar que, a entender de la CIDH, esta garantía comprende el derecho de toda persona a contar con el tiempo, espacios y recursos necesarios para brindar, recibir o procurarse condiciones que aseguren el bienestar suyo o de otros y les permitan desarrollar libremente sus proyectos de vida, de acuerdo con sus capacidades y etapa vital. Al referirse a las obligaciones de los Estados sobre la materia, dicha judicatura visibiliza los estereotipos negativos de género y patrones socioculturales que existen respecto de las labores de cuidado, por lo que, en razón del principio de corresponsabilidad, concluye que se deben adoptar las medidas necesarias para que las sociedad y el Estado garanticen tal derecho, sobre todo si se trata de personan que requieren cuidados con mayor intensidad.
De este modo, la creación de una agenda público-privada para potenciar la productividad no puede validarse si las medidas destinadas a ello se traducen en una intervención de las dinámicas domésticas (incluso si se trata de familias pequeñas y rotas, o cuyos integrantes tienen requerimientos particulares, como era el caso de Lilo, Nina y Stitch), o lo que resulta más preocupante, en la invisibilización de quienes sostienen sus hogares, desde un punto de vista material y afectivo, sobre todo si son mujeres.
Consiguientemente, las iniciativas que se están promoviendo hoy en día en Chile para crear nuevos empleos, reactivar la economía y agilizar la inversión, no deberían prosperar si no contemplan medidas reales de apoyo para todas las Ohanas o si son incompatibles con la crianza y las labores de cuidado, no sólo porque se contravienen distintas disposiciones de nuestro ordenamiento jurídico, sino porque, al desconocer el compromiso de amor, cuidado mutuo y responsabilidad compartida que existe entre las personas que forman parte de un grupo familiar, se está abandonando o dejando atrás a algunos de sus integrantes, lo que, a todas luces, implica un retroceso en la materia e incluso podría dar lugar a responsabilidad internacional del Estado.
Patricia Ramírez López
Trinidad Lagos Garrido
Clínica Jurídica
Facultad de Derecho Universidad de Santiago
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