Diario Constitucional

Cosmovisión indígena sobre tierras

Tierras ancestrales y comunidades indígenas en Bolivia.

Son tan grandes las diferencias culturales e históricas entre los pueblos originarios de Bolivia y los de nuestro país, así como las diferencias de composición social entre ambos países, que cualquier intento de hacer comparaciones o de formular contrastes, resulta inoficioso.

08 de abril de 2015·9 min de lectura

Días atrás tuvo lugar en la sede Temuco de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor un Seminario bajo el título “Derecho y pueblos originarios”. Me correspondió exponer sobre la propiedad indígena en Bolivia y disfrutar de enriquecedores intercambios de ideas, entre otros, con la Consejera Regional ante CONADI, quien evocó con emoción su asistencia a la ceremonia de asunción del mando del Presidente Evo Morales en el complejo arqueológico de Tiwanaku. La jornada me sirvió además para corroborar algo que presentía: el tremendo desconocimiento que existe en Chile acerca de la realidad indígena en Bolivia y la experiencia de los pueblos originarios en relación a las tierras ancestrales. Lo que es peor, esa ignorancia está contaminada con estereotipos alejados de la realidad que bloquen cualquier posibilidad de acceso a la historia y por lo tanto a la actualidad de nuestro vecino país. Por ejemplo, que los pueblos originarios en Bolivia se han identificado o identifican con corrientes ideológicas de izquierda, que los sucesivos gobiernos militares fueron un escollo a su desarrollo y que sus reivindicaciones han estado marcadas por la violencia. Se trata de suposiciones, simplificaciones o abiertamente de afirmaciones equivocadas. Mi propósito con las líneas que siguen es tratar de aportar al esclarecimiento de una realidad que, como Estado vecino no puede resultarnos indiferente.

Desde luego, las comunidades indígenas en Bolivia nunca han sido agrupaciones de personas copropietarias de un territorio y mucho menos, dueñas de porcentajes como en la tradición jurídica romana concebimos la copropiedad. El llamado Ayllu, origen de las actuales comunidades originarias, que fue en sus inicios agrupaciones familiares con un antepasado común, fue desarrollándose en el tiempo como una compleja realidad social representada por la vinculación de grupos humanos con el trabajo en distintos territorios, diferentes estratos ecológicos. Esa vinculación es profunda y compleja: se sustenta en la conciencia ancestral de que el hombre no es dueño de las tierras ni las posee sino que pertenece o forma parte integrante de ciertos territorios en tanto y en cuanto la trabaja. Los pueblos originarios en el vecino país no conciben la tenencia de la tierra como un “derecho histórico”, como una “deuda histórica”, sino como un efecto natural derivado del trabajo que han desarrollado y desarrollan en sus respectivos territorios. En general no se concibe “reivindicar” otros terrenos que no fueren aquellos donde desarrollan el trabajo de la tierra. Las “reivindicaciones” de tierras abandonadas u ocupadas por otras personas no suelen fundarse en haber “pertenecido” a los antepasados, sino en ser parte integrante los territorios mediante el trabajo. Además, para los pueblos originarios de Bolivia, el trabajo de o en la tierra –en la agricultura o en el pastoreo y la ganadería- es parte del sentido de la vida y por lo tanto fuente de alegría y realización; en ningún caso como una carga que debe ser ejecutada para no volver a perder tierras recuperadas. Todo ello explica por qué en las normas legales y en las decisiones judiciales sobre la tierra, se usa la expresión “indígenas originario campesinos” para referirse con los tres términos a una misma identidad cultural.

La lucha por la tierra de los pueblos originarios ha sido en Bolivia mucho más pacífica de lo que usualmente se cree. Ello se explica no sólo por aquellos rasgos de sometimiento, condescendencia y disponibilidad al trabajo cuyos orígenes se ha creído encontrar en el sojuzgamiento y paternalismo del Tawantinsuyu, sino además por la conciencia de ciertos valores ancestrales profundamente arraigados que incluso se encuentran actualmente recogidos a nivel constitucional: el Ama qhilla, ama llula, ama suwa – no seas flojo, no seas mentiroso, no seas ladrón- que los lleva a buscar en el dialogo y eventualmente mediante las protestas pacíficas, la solución a sus demandas y necesidades. Complementariamente, existe también en la conciencia de los indígenas y pueblos originarios bolivianos otra idea muy arraigada: la de previsión y solidaridad entendida como la disposición al trabajo gratuito como factor de cohesión social y la convicción de que siempre se obtendrá una retribución. Un país con territorios tan desiguales y tan expuestos a las inclemencias climáticas, ha incorporado a lo largo de la evolución de sus diversos pueblos, no sólo el concepto de austeridad y previsión –recuérdense las colcas incaicas- sino también el de gratuidad y de complementariedad. Ayni significa en quechua, algo así como solidaridad y se refleja en la práctica en la ayuda mutua, la cooperación, la minka –en Chile la minga- que en muchas regiones andinas existe hasta nuestros días y en el desdoblamiento del Ayllu en diferentes pisos ecológicos para logar proveerse de la variedad de productos necesarios para el vivir bien, la suma qamaña.

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