IA agéntica: nuevos desafíos para el Derecho
Inteligencia artificial agéntica obliga a replantear los controles sobre las decisiones automatizadas
El desarrollo de sistemas de inteligencia artificial capaces de actuar por sí mismos está planteando nuevos desafíos para el Derecho. A diferencia de las herramientas que simplemente responden una pregunta, estos sistemas pueden realizar distintas tareas de manera autónoma: buscar información,…

El desarrollo de sistemas de inteligencia artificial capaces de actuar por sí mismos está planteando nuevos desafíos para el Derecho. A diferencia de las herramientas que simplemente responden una pregunta, estos sistemas pueden realizar distintas tareas de manera autónoma: buscar información, utilizar programas, tomar decisiones, ejecutar acciones, revisar sus resultados y guardar antecedentes para utilizarlos posteriormente.
Frente a este escenario, el abogado Ignacio Adrián Lerer plantea que estas funciones deberían estar separadas y sometidas a controles. La idea es evitar que un mismo sistema pueda proponer una decisión, ejecutarla, comprobar que fue correcta y utilizarla después como ejemplo para resolver nuevos casos.
El problema puede verse, por ejemplo, en un procedimiento de un organismo público. Una IA podría resumir los antecedentes de una solicitud, otra buscar información, una tercera analizar si la persona cumple los requisitos, otra preparar una resolución y otra comunicar la decisión y guardar los antecedentes.
Aunque dividir estas tareas puede facilitar el control, también surgen preguntas importantes: ¿quién decidió qué información era relevante?, ¿quién tenía autoridad para tomar la decisión?, ¿la persona que revisó realmente podía cuestionarla?, ¿qué ocurre si se utilizó información equivocada?, ¿quién debe corregir el error?
Estas preguntas no son completamente nuevas para el Derecho. Se relacionan con asuntos como el derecho de una persona a conocer y cuestionar una decisión, la obligación de explicar por qué se adoptó, las facultades de quienes intervienen y la responsabilidad por sus consecuencias. La diferencia es que ahora estas tareas pueden quedar repartidas entre distintos sistemas, programas, bases de datos y personas, haciendo más difícil determinar quién tomó realmente la decisión.
Del chatbot a una IA que puede actuar
Los modelos de lenguaje pueden generar textos y respuestas a partir de grandes cantidades de información. Sin embargo, que una respuesta parezca correcta no significa necesariamente que lo sea. Una IA puede entregar información falsa o equivocada con un lenguaje convincente.
Además, un modelo de lenguaje no sabe por sí solo quién tiene autoridad para resolver un asunto, qué documentos deben considerarse importantes o qué requisitos legales deben cumplirse. Todo ello depende de cómo se configure y de la información y herramientas a las que tenga acceso.
Los sistemas llamados “agénticos” agregan una capacidad diferente. Pueden recibir una tarea, dividirla en pasos, buscar información, utilizar distintas herramientas, revisar los resultados y continuar trabajando sin que una persona tenga que indicarle cada acción.
Si cuenta con los permisos necesarios, incluso podría enviar correos, modificar registros, realizar pagos o activar otros sistemas.
Por eso, un agente de inteligencia artificial no es solamente un modelo de lenguaje más avanzado. Es un conjunto formado por el modelo, las instrucciones que recibe, la información a la que puede acceder, las herramientas que puede utilizar, la memoria que conserva y los permisos que tiene.
Cuando varias IA trabajan juntas
El problema puede aumentar cuando participan varios sistemas. Uno puede investigar, otro redactar, otro revisar y otro ejecutar una acción.
Sin embargo, que existan varios sistemas no significa necesariamente que exista un verdadero control. Si todos utilizan la misma información, las mismas instrucciones o el mismo modelo, el sistema encargado de revisar podría simplemente confirmar lo que hizo el anterior.
Además, distintas IA pueden comunicarse entre ellas y utilizar información generada por otros sistemas, empresas, organismos públicos o plataformas. De esta forma, una decisión puede terminar siendo el resultado de una cadena de sistemas, sin que sea sencillo determinar dónde se produjo realmente el error o quién debe responder por él.
El riesgo de repetir un error
Otro problema aparece cuando estos sistemas guardan sus resultados y los utilizan posteriormente.
No es necesario que la IA cambie su propio código para que esto ocurra. Basta con que una decisión anterior quede guardada y posteriormente sea utilizada como referencia.
Por ejemplo, una IA podría rechazar una solicitud porque considera que fue presentada fuera de plazo. Otro sistema podría revisar la decisión y considerarla correcta. Si esa conclusión queda almacenada, el mismo criterio podría utilizarse en casos futuros.
De esta manera, un error que inicialmente afectaba a una sola persona podría repetirse en otros casos.
El problema, por tanto, no es solamente que una IA pueda equivocarse, sino que pueda utilizar su propio error como base para tomar nuevas decisiones.
Separar las funciones para evitar que la IA concentre demasiado poder
Frente a estos riesgos, Lerer propone separar las distintas funciones que puede cumplir un sistema de inteligencia artificial.
La primera sería la función de proponer. La IA podría entregar ideas, recomendaciones o proyectos, pero esa propuesta no debería convertirse automáticamente en una decisión.
La segunda sería la función de ejecutar. Se refiere a convertir una propuesta en una acción concreta, como enviar una comunicación, modificar un registro o realizar un pago. Tener permiso para preparar una propuesta no debería significar automáticamente tener permiso para ejecutarla.
La tercera sería la función de revisar. Un sistema diferente debería comprobar los antecedentes, las reglas aplicables, la coherencia de la decisión y sus posibles riesgos. Además, debería tener la posibilidad de devolver un caso o detenerlo cuando encuentre un problema.
La cuarta sería la función de guardar información. El sistema debe decidir qué antecedentes conserva y para qué podrán utilizarse después. No debería guardar solamente una conclusión, sino también la información que la respaldó, las posibles objeciones y el nivel de revisión que tuvo.
La quinta sería la función de cambiar las reglas o detener el sistema. Debe existir una persona o autoridad con capacidad real para modificar las instrucciones, los permisos o los criterios utilizados por la IA y, cuando sea necesario, detener su funcionamiento.
Esta última función es especialmente importante. Si la propia IA pudiera cambiar las reglas que la controlan y continuar funcionando sin autorización externa, el control sobre ella sería muy limitado.
El Derecho ya tiene algunas herramientas
Aunque las normas actuales no fueron creadas específicamente para estos sistemas, varias de sus herramientas pueden servir para controlarlos.
Entre ellas están el derecho a defenderse, conocer información relevante, cuestionar una decisión, proteger los datos personales y exigir que cada autoridad actúe dentro de sus facultades.
También existen normas sobre decisiones tomadas de manera automática y nuevas reglas sobre inteligencia artificial que consideran aspectos como la supervisión humana, los riesgos, la transparencia, la responsabilidad y los mecanismos para presentar reclamos.
El desafío consiste en aplicar estas herramientas no solo al resultado final de una decisión, sino también a todo el proceso que llevó hasta ella.
Poder revisar cómo se tomó una decisión
En este contexto, Lerer propone la idea de una “integridad revisable del proceso de decisión”. En términos simples, significa que debe ser posible reconstruir y revisar cómo se llegó a una determinada decisión.
Para ello, debería poder saberse qué información se utilizó, qué instrucciones recibió la IA, qué sistemas participaron, quién estaba autorizado para realizar cada acción y qué controles se aplicaron.
También debe existir una posibilidad real de cuestionar la decisión. La persona afectada debería poder conocer los antecedentes relevantes y plantear sus objeciones.
Además, quien revise el resultado debe tener verdadera independencia y capacidad para cambiarlo. Finalmente, debe existir una persona o autoridad responsable y con facultades para detener el proceso cuando sea necesario.
Que haya una persona supervisando no siempre es suficiente
La sola participación de una persona no garantiza que exista un verdadero control.
Un funcionario que recibe cientos de decisiones elaboradas por una IA, sin tiempo suficiente para revisarlas y sin acceso a la información utilizada, podría terminar aprobándolas automáticamente.
Para que exista una supervisión real, la persona debe saber qué revisar, contar con información suficiente, disponer de tiempo y tener autoridad para modificar o detener la decisión.
Una firma humana, por sí sola, no garantiza que haya existido una revisión efectiva.
La memoria de la IA también debe ser controlada
La información que una IA guarda puede influir en decisiones futuras. Por eso, si una decisión equivocada queda almacenada, puede terminar repitiéndose.
Para evitarlo, debería ser posible saber de dónde provino esa información, qué antecedentes la respaldaron, quién la revisó y si existieron cuestionamientos.
También debería poder identificarse qué decisiones posteriores utilizaron una información que después fue corregida.
Junto con ello, debe existir una forma efectiva de detener un sistema cuando se detecta un problema. Para ello, una persona o autoridad debe tener esa facultad y contar con un mecanismo independiente para hacerlo.
El desafío para el Derecho
El problema que plantea la inteligencia artificial agéntica no consiste solamente en determinar si una respuesta es correcta o incorrecta.
Cuando una IA puede investigar, coordinarse con otros sistemas, ejecutar acciones, guardar decisiones y utilizarlas posteriormente, también es necesario saber quién puede hacer qué, qué información utiliza, quién controla el proceso, quién responde por los resultados y quién puede detenerlo.
Por ello, la propuesta apunta a distribuir las distintas funciones, permitir que las decisiones sean cuestionadas, asegurar una revisión real y establecer responsabilidades claras.
El objetivo final es evitar que una misma estructura pueda proponer una decisión, ejecutarla, demostrar por sí misma que fue correcta y utilizarla después como base para nuevas decisiones.
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