Artículos de Opinión

Violencia y segregación racial en EEUU: el sueño de Martin L. King continúa pendiente.

En estos días, los disturbios y la reacción de las fuerzas policiales han puesto en evidencia que más allá de las buenas intenciones, el sentimiento racista y la discriminación están profundamente arraigados en Estados Unidos.

El 9 de agosto pasado un agente de policía mató de seis tiros a Michael Brown, un joven negro de 18 años, en la localidad de Ferguson, estado de Missouri. Aparentemente, existe un video donde aparece que se le dispara de frente estando desarmado y con los brazos en alto. Dos semanas antes, en Nueva York, Erik Garner, un padre de familia de 43 años y seis hijos, también de color, murió a causa de una “llave de estrangulamiento” (práctica prohibida), durante un intento de detención. Una ola de protestas e indignación se ha desatado en varias ciudades de Estados Unidos. Obama ha llamado a la calma mientras el gobernador Jay Nixon ha ordenado sacar a las calles  de Ferguson a la Guardia Nacional con equipamiento de guerra: el mismo usado por los soldados en Irak y en Afganistán, dando lugar a imágenes que han circulado profusamente en la red. Las autoridades han expulsado de la zona de conflicto a los periodistas y a Amnistía Internacional, que por primera vez en la historia, ha enviado observadores dentro de EEUU para evaluar lo que ha denominado una “crisis humanitaria”. Estos hechos han hecho recordar a la prensa cuando el año pasado, comentando la sentencia absolutoria del asesino de otro joven negro, hecho ocurrido en febrero de 2012, Obama dijo a la prensa:”Cuando dije poco después de que se disparase a Trayvon, que ese joven podría ser mi hijo, era otra manera de decir que ese joven podría haber sido yo hace 35 años”. Ya entonces poco quedaba de las desconfiadas expectativas que existieron con la llegada a la presidencia del hijo de un negro de Kenia. En estos días, los disturbios y la reacción de las fuerzas policiales han puesto en evidencia  que más allá de las buenas intenciones, el sentimiento racista y la discriminación están tan profundamente arraigados en Estados Unidos que posiblemente hagan falta muchas décadas y muchas transformaciones para que se alcance el sueño de fraternidad al que se refería Martín Luther King en las escalinatas del Monumento de Lincoln en su recordado discurso en agosto de 1963.

La localidad de Ferguson tiene un significado histórico poco conocido. En el Cementario de Calvary, a 6 kilómetros del epicentro de las protestas, yacen los restos de Dred Scott, un hombre que nació esclavo el mismo año que moría George Washington.  En 1847, Scott entabló una demanda contra John Emerson, su dueño, ante un tribunal de St Louis (“Dred Scott contra Standford”), exigiendo su libertad, fundada en que, llevado en viajes por su dueño, había pisado dos veces territorio libre de la esclavitud. Scott y su familia ganaron el juicio y su libertad en primera instancia pero la decisión fue revocada por la Corte Suprema de Missouri. Llegado el caso a la Corte Suprema de los Estados Unidos, la decisión fue implacable: un negro no puede ser considerado ciudadano estadounidense y por lo tanto no tiene derecho a un juicio federal; y el haber residido al norte de la latitud 36º 30´ (zona libre de esclavitud según el “Compromiso de Missouri”), no le liberaba, pues resultaría inconstitucional privar a los ciudadanos de “sus bienes” aún cuando éstos salgan del Estado. Así, la esclavitud se hizo legal en todo el territorio de los EEUU, pues un sureño podía viajar con sus esclavos al norte y no perdía “sus propiedades”. El fallo Dred Scott ayudaría a que Lincoln fuera elegido presidente y contribuiría a empujar al país a la guerra civil.  Desde entonces, Ferguson simboliza las profundas divisiones raciales que persisten hoy en día en Estados Unidos pero representa además una muestra genuina de segregación racial. Con una mayoritariamente negra (67%), las estadísticas son reveladoras: con un alcalde  blanco, 50 de los 53 oficiales de policía son blancos y el 92% de los detenidos son de raza negra.

Si se estudia la historia de los primeros colonos de Virginia, es posible encontrar las primeras plantaciones de tabaco y el trabajo del esclavo negro que permitió comprar la independencia de los Estados Unidos. Pero se ven también las más elocuentes y sinceras declaraciones a favor de la igualdad y la libertad. A excepción posiblemente de Thomas Paine, el resto de los teóricos que sustentaron la Declaración de la Independencia y la Constitución de los Estados Unidos de 1787, partiendo por Washington y sobre todo Jefferson, fueron dueños de grandes cantidades de esclavos negros, reflejando así la contradicción insalvable entre el  discurso teórico y la práctica que en distintas formas se ha extendido hasta el día de hoy.

La esclavitud fue en Estados Unidos un sistema profundamente arraigado e indisolublemente unido al surgimiento económico del país: en 1890, el Sur producía mil toneladas anuales de algodón; en 1860, la cifra había ascendido a un millón de toneladas. En el mismo lapso, se pasó de 500.000 esclavos a cuatro millones. Sólo esa mezcla de discriminación racial y pragmatismo que  Lincoln hizo posible afianzar, permitió desbaratar el nudo ciego de la esclavitud en una economía basada en ella. Y claro, a diferencia de lo que ocurría en las Antillas, en territorio estadounidense se trató de una esclavitud morigerada por los principios religiosos difundidos por los cuáqueros y la recepción de las teorías de la ilustración en la clase dirigente. Por eso,  como acertadamente sugiere Howard Zinn en su libro “La otra historia de los Estados Unidos”, la abolición fue, para los negros en el país norteamericano,  el paso de una esclavitud sin sumisión a una emancipación sin libertad. Terminada la guerra civil, la discriminación continuó respaldada por la necesaria complementación entre los empresarios industriales del norte y los terratenientes del sur. Y desde entonces, la integración de los negros al crecimiento de Estados Unidos como nación ha sido más un anhelo teórico rodeado de temor que una disposición a hacerlo realidad. 

Cuando el año 2008 Douglas Blackmon publicó “Slavery with other name”, relatando la nueva forma de  esclavitud que en los hechos surgió de las cenizas de la guerra civil y hasta los inicios de la segunda guerra mundial,  sustentando en ella el desarrollo industrial, la actividad minera y grandes obras de ingeniería (sin mas, la construcción del canal de Panamá, “orgullo” del pueblo estadounidense), salió  a flote,  como cada cierto tiempo ocurre, el racismo y la segregación racial en los Estados Unidos. Blackmon investigó y planteó, provocativamente,  qué pasaría si las grandes corporaciones en EEUU reconocieran cómo se habían beneficiado, respaldadas por la legislación federal, con   la fuerza de trabajo esclavo de la misma manera como las empresas alemanas lo hicieron con los judíos durante la segunda guerra mundial. Alemania pagó indemnizaciones millonarias a Israel. ¿Qué pasaría si se exigieran reparaciones por 250 años de esclavitud?  El 29 de julio del mismo año, la Cámara de Representantes de los EEUU aprobó una moción en que pedía perdón por esos años de esclavitud y segregación racial, reconociendo la “injusticia, brutalidad e inhumanidad” cometidas en el país con el respaldo de la legislación y la jurisprudencia estatal.

Más que sentarse a esperar que el tiempo cicatrice espontáneamente las heridas dejadas por el pasado, hace falta en los Estados Unidos una reconciliación con su historia. Eso pasa, en primer lugar, por estudiarla. Los profesores norteamericanos dedican más tiempo a estudiar el Holocausto que la esclavitud, a pesar de ser un aspecto clave de su historia,  según ha hecho ver recientemente una profesora de historia, especialista en la ruta de los esclavos de África a EEUU. De este modo, los análisis históricos suelen estar más cargados de crónicas espeluznantes y a veces de resentimiento –por ambos lados- que de disposición auténtica a descifrar cómo y por qué sucedieron los hechos. Me ha tocado recorrer las plantaciones en el sureste de Estados Unidos: en medio del marketing inevitable, propio de la idiosincrasia norteamericana, existe una desarrollada industria del turismo cultural que expone a los ojos de los visitantes esa etapa clave de su historia. Se difunde de este modo a los extranjeros lo que para los propios norteamericanos sigue siendo un tema tabú. Para el próximo año se espera la inauguración del primer Museo Nacional de Historia Afroamericana. Iniciativas de ese tipo resultan de extraordinario valor.                                                      

Es necesario también asumir la historia y la responsabilidad de las políticas gubernamentales. Los japoneses internados en suelo americano durante la segunda guerra mundial fueron indemnizados. La sola pretensión de reparaciones pecuniarias por 250 años de esclavitud, resulta una proposición impracticable y divisionista. Pero es posible y urgente promover políticas económicas y sociales que discriminen positivamente a fin de generar espacios de comunicación que permitan integrar a las grandes masas de negros –gran parte descendiente de esclavos- al desarrollo del país. Hechos, no discursos. Hoy se habla de afroamericanos; es el lenguaje políticamente correcto. Tiempo atrás leí acerca de un editor que había decidido suprimir la palabra “negro” en las obras de Mark Twain, porque resultaba agresiva. Esa manera de enfrentar el problema no sólo no representa un avance. Al revés,  el cambio de lenguaje representa un retroceso, cuando no responde a una modificación auténtica  de actitud, pues sólo representa un idioma y una simbología que crea la falsa ilusión de haberse superado las odiosidades.  Y las odiosidades y las confianzas sólo pueden lograrse con hechos: interactuando, promoviendo puestos de trabajo, subsidiando iniciativas integradoras, comprometiendo las políticas públicas con los instrumentos internacionales contra la discriminación, como la Convención contra la eliminación de la discriminación racial, el primer tratado principal de derechos humanos suscrito por Estados Unidos.

Finalmente, resulta indispensable enfrentar los extraordinarios grados de violencia a que ha llevado en los Estados Unidos una normativa que hace, del uso de las armas, algo cotidiano. Una interpretación amplia de la Segunda Enmienda, fue respaldada el año 2010 por una histórica sentencia de la Corte Suprema Federal, de forma que hoy ninguna regulación estatal puede conculcar el derecho a portar armas. Se calcula que en la actualidad 90 millones de estadounidenses tienen alrededor de 200 millones de armas, siendo el país del mundo con mayor porcentaje de civiles que las portan. En ese contexto, y pese a los episodios de matanzas que cada cierto tiempo aparecen en las noticias, continúan dictándose leyes que resultan más funcionales a la exculpación de los asesinatos raciales que a la pacificación del país. El ejemplo más destacado es la polémica ley del estado de Florida conocida como “Stand Your Ground”, del año 2005, que permite que las personas puedan defenderse con armas de fuego en sus viviendas o fuera de ellas cuando sientan temor o crean que alguien las amenaza con causarles la muerte o un grave daño. Pero normativas similares existen en casi la mitad de los estados del país y representan una bomba de tiempo en condiciones de segregación racial.

Mientras tanto, el sueño de Martin Luther King sigue pendiente (Santiago, 3 septiembre 2014)

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