Regulación de inteligencia
Inteligencia artificial, Estado y libertad individual
La expansión acelerada de la inteligencia artificial ya está transformando el trabajo, la economía y la toma de decisiones públicas, planteando desafíos inéditos para la libertad individual, el control democrático y el rol del Estado en la regulación de tecnologías con alto potencial de concentración de poder.

El mundo entero —y también Chile— ya se encuentra inmerso en una revolución industrial silenciosa impulsada por la inteligencia artificial. Si la primera revolución industrial reemplazó el músculo humano, la actual avanza sobre la inteligencia misma. Esto ya no es una especulación futurista: la adopción de IA en el Estado, la economía y los servicios públicos demuestra que su impacto es real y creciente.
Líderes tecnológicos han advertido que muchos trabajos serán reemplazados. Elon Musk lo resume así: “Si tu trabajo consiste en mover átomos, estás seguro. Si consiste en mover números, la IA te va a reemplazar a la velocidad del rayo”. En términos simples, la IA es especialmente eficaz en tareas ligadas a números, datos y procesos digitales, que abarcan miles de profesiones, mientras que los trabajos manuales y físicos serán más difíciles de sustituir.
Este fenómeno no solo reconfigurará el mercado laboral, sino también la forma en que se toman decisiones públicas. ¿Quién decidirá y bajo qué criterios se regulará esta transformación? A medida que la inteligencia artificial se integre en la administración y la política, existe el riesgo de que estos sistemas comiencen a influir directamente en decisiones que afectan a las personas. Sin reglas claras, límites éticos y contrapesos institucionales, la libertad individual y el control ciudadano pueden debilitarse, abriendo la puerta a formas de control propias de ideas totalitarias, donde la eficiencia y la automatización justifican restricciones a libertades fundamentales, como se ha documentado en experiencias internacionales como China.
Ante este escenario, el rol del Estado será inevitable, pero debe orientarse a resguardar la dignidad humana y la libertad individual frente a tecnologías con capacidad de concentrar poder, regulando de manera anticipatoria para que la modernización no derive en control.
La inteligencia artificial debe estar al servicio de las personas, no del poder. Chile aún está a tiempo de anticiparse y proteger la libertad antes de que esta transformación quede fuera del control democrático.
Cristóbal Laimböck Muñoz
Pasante, Fundación para el Progreso
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