Diario Constitucional

Relaciones cuba-Estados Unidos

Cuba- Estados Unidos: encuentros y desencuentros.

Hoy, la mayoría del pueblo cubano no está por defender a ultranza posturas ideológicas anacrónicas al precio de inmolarse en la pobreza ni tampoco por entregarse a esquemas de desarrollo que contradicen convicciones ancestrales y valores culturales arraigados.

06 de enero de 2015·7 min de lectura

Cuando en 1823 los ejércitos franceses entraron a España comisionados por la “Santa Alianza” para erradicar de allí el liberalismo y el constitucionalismo, Estados Unidos temió por Cuba. Veía con preocupación que la Isla podría ser el precio que Francia exigiría por restaurar el absolutismo en España y también que si los ingleses ayudaban al liberalismo español contra el absolutismo francés, exigieran a Cuba como premio. El entonces Presidente de los Estados Unidos, John Q. Adams, escribía al embajador en España, Hugh Nelson: ”Son tales, en verdad, entre los intereses de aquella isla y los de este país, los vínculos geográficos, comerciales y políticos, formados por la naturaleza, fomentados y fortalecidos gradualmente con el transcurso del tiempo que, cuando se echa una mirada hacia el curso que tomarán probablemente los acontecimientos en los próximo cincuenta años, casi es imposible resistir a la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra República federal será indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad”. No era el momento para la anexión y por eso la instrucción al embajador era decir en Madrid: “que los deseos de su gobierno son que Cuba y Puerto Rico continúen unidas a la España independiente y constitucional”. Pero –continuaba la carta, sincerándose el Presidente Adams- “así como un fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba, un vez separada de España, y rota la conexión artificial que la liga con ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana, y hacia ella exclusivamente, mientras que la Unión misma, en virtud de propia ley, lee será imposible dejar de admitirla en su seno”. El resto es historia conocida: la anexión no llegó y a poco andar, la Doctrina Monroe ayudó tanto a mantener la independencia de las colonias recién independizadas como a prolongar la paciente espera por Cuba. Tras prolongados esfuerzos independentistas, será sólo gracias a la ayuda estadounidense, que los cubanos logren desprenderse de la Madre Patria, en 1898. Ese año, con el Tratado de Paris, España perdió –entre otros territorios- la isla caribeña, que quedaría ocupada militarmente por Estados Unidos. Lograron así los cubanos una independencia llena de ataduras –la Enmienda Plath sólo es la más conocida- y una economía absolutamente dependiente de los EEUU, de todo lo cual sólo se liberarían completamente con la caída de Fulgencio Batista y el inicio de la Revolución.

La espera paciente por la inevitable anexión de Cuba a la República norteamericana a que aludía el Presidente Adams en su carta, dio pie a lo que casi todos los cubanos llaman despectivamente “la doctrina de la fruta madura”. La he traído a colación a propósito de las recientes noticias de descongelamiento de relaciones entre EEUU y la Isla, porque la de Cuba es una historia de encuentros y desencuentros con Estados Unidos que se remonta a los inicios del siglo XIX y no a mediados del siglo XX como erróneamente se suele ver y que va mucho más allá de diferencias ideológicas o de sistemas políticos. La historia ha demostrado a los cubanos que no pueden vivir contra ese país –situado a cien millas de distancia-, pero también les ha enseñado – y eso lo aprenden desde niños- que la absorción económica y el control político por parte del gigante norteamericano están siempre a un paso y que formas de colonización hay muchas y muy variadas, aún en el siglo XXI.

Hoy, la mayoría del pueblo cubano no está por defender a ultranza posturas ideológicas anacrónicas al precio de inmolarse en la pobreza ni tampoco por entregarse a esquemas de desarrollo que contradicen convicciones ancestrales y valores culturales arraigados. Desean mayor bienestar, acceso a la información y a las tecnologías, valoran su sistema de salud y de educación y sus valores históricos y culturales y aunque anhelan más espacios de libertad, la prioridad no está en la existencia de partidos o de elecciones. Ante los recientes anuncios, la actitud mayoritaria es de expectativas, pero también de suspicacias. Bien lo resumía una cubana de clase media que me decía a comienzos de año en La Habana: “no necesito tener un vehículo ni salir de vacaciones, y menos aún me interesa todo eso si para obtenerlo debemos transformarnos en un país con desempleo y hambre en parte de nuestra población”. Cuando en su discurso pocos días atrás Raúl Castro decía de las nuevas relaciones con EEUU: “debemos aprender a convivir civilizadamente con nuestras diferencias”, se refería justamente a esa cautela que surge de una desconfianza histórica y de escalas de prioridades en el desarrollo, enteramente diferentes.

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