Opinión.
La paradoja de la intolerancia de los tolerantes.
El filósofo austriaco Karl Popper en su obra "La sociedad abierta y sus enemigos", publicada en el año 1945, formuló la denominada "Paradoja de la Tolerancia". Con ella intentaba alertar sobre los peligros de ser excesivamente permisivo con las ideologías extremistas.

En una reciente publicación del medio español eldia.es se da a conocer el artículo "La paradoja de la intolerancia de los tolerantes", de Gerardo Pérez Sánchez, Doctor en Derecho.
El autor sostiene que el filósofo austriaco Karl Popper en su obra "La sociedad abierta y sus enemigos", publicada en el año 1945, formuló la denominada "Paradoja de la Tolerancia". Con ella intentaba alertar sobre los peligros de ser excesivamente permisivo con las ideologías extremistas en las sociedades libres. Defendía que, si toleramos a los intolerantes, éstos acabarían imponiéndose y convenciendo a amplios sectores de la ciudadanía, produciéndose finalmente la eliminación de la tolerancia como principio y valor de una comunidad. Dicho de otro modo, la tolerancia llevada al extremo puede resultar autodestructiva. En palabras del propio Popper, "la tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia? Tenemos, por tanto, que reclamar en nombre de la tolerancia el derecho a no tolerar la intolerancia".
En nuestros días, afirma el abogado, este debate sigue abierto y asistimos a encarnizadas polémicas sobre si se deben prohibir tales o cuales ideas, si se ha de castigar la difusión de unas u otras ideologías o si procede perseguir a quienes defienden proyectos políticos sumamente alejados de los valores esenciales que definen a los Estados democráticos. Así, explica la Constitución española establece en primer término como valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico la libertad y el pluralismo político y, en segundo, como Derechos Fundamentales la libertad ideológica y la libertad de expresión, configurando así un escenario en el que las personas, dentro de los límites del orden público, pueden propagar y defender las creencias e idearios más diversos, esencia de una población abierta, libre y democrática. Sin embargo, muchas de ellas terminan dando la razón a Karl Popper en el sentido de que las naciones deben inmunizarse ante determinados virus ideológicos capaces de aniquilar el propio ser de la naturaleza constitucional.
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