Opinión.
La prudencia, pilar de la sagacidad e ingenio del abogado, por Óscar Fernández León.
La especial naturaleza de nuestra profesión, en la que intervenimos para solucionar conflictos jurídicos entre seres humanos que disputan por bienes y derechos, hace que la prudencia, conformada por destrezas como la reflexión, la previsión, la discreción y el buen consejo sea una virtud esencial para nuestra actividad profesional.

El abogado es un profesional revestido de numerosas virtudes, entre las que destaca por encima de todas, la prudencia. Así es, y bastan pocas explicaciones para demostrar tal aserto, pues repugna a nuestro entendimiento que un abogado sea imprudente.
La especial naturaleza de nuestra profesión, en la que intervenimos para solucionar conflictos jurídicos entre seres humanos que disputan por bienes y derechos, hace que la prudencia, conformada por destrezas como la reflexión, la previsión, la discreción y el buen consejo sea una virtud esencial para nuestra actividad profesional, pues a diario, el abogado tiene que encarar situaciones complejas en las que están en juego los intereses de su cliente y, a su vez, debe adoptar decisiones en nombre de aquel con la necesaria calma y seguridad, por lo que dicha virtud se erige, antes que en necesidad, en verdadera obligación.
Si bien abarca un espectro amplísimo de habilidades, la prudencia se conoce principalmente por la capacidad de mantener una conversación interna con nosotros mismos en orden a analizar de forma reflexiva y atenta el tipo de acción que vamos a emprender y antes de llevarla a cabo. En este caso, el acto de analizar debe identificarse con visualizar nuestra acción y todo lo que puede suceder cuando llevemos a cabo la misma, es decir, lo que viene en primer lugar (la acción propiamente dicha) y lo que vendrá después (las consecuencias de la misma). Una vez efectuado el análisis, hay que actuar.




