Diario Constitucional

Indicios sin cadáver

Otelo en Besançon: celos, inferencia y condena sin cuerpo

El caso reabre una tensión clave del derecho penal: cómo construir certeza judicial a partir de indicios sin caer en sesgos cognitivos. La ausencia de un cuerpo obliga a elevar el estándar probatorio y a reforzar el control racional de las inferencias, para evitar que una narrativa coherente sustituya la convicción más allá de toda duda razonable.

Por Carlos Suárez Gaete·25 de marzo de 2026·2 min de lectura
Imagen: Chilevisión
Referencial

La tragedia de Otelo no envejece: muta. Su núcleo ; los celos como motor cognitivo, reaparece con ropaje contemporáneo, en el proceso seguido contra Nicolás Zepeda por la desaparición de Narumi Kurosaki en Besançon. No se trata de forzar una analogía literaria, sino de advertir una estructura común: la construcción de realidad bajo sesgo pasional y su posterior traducción en juicio.

En Otelo, el ardid de Yago convierte indicios ambiguos en “prueba” concluyente. El general no ve hechos; ve coherencias que confirman su sospecha. La mente celosa opera como un algoritmo defectuoso: selecciona, pondera y descarta evidencia para cerrar una hipótesis previa. El resultado es trágico: la certeza subjetiva suplanta a la verdad.

El caso Zepeda tensiona la cara inversa: no el error del acusado, sino el riesgo de error del juzgador frente a una causa sin cuerpo. La decisión descansa en una arquitectura indiciaria: presencia, conducta previa y posterior, y ausencia de explicación alternativa plausible. Es la lógica de la convergencia: múltiples señales débiles que, agregadas, elevan la probabilidad de un mismo desenlace.

Aquí emerge el punto fino. El derecho penal no condena por probabilidad alta, sino por convicción más allá de toda duda razonable. La sana crítica exige que los indicios sean graves, precisos y concordantes, y que la inferencia excluya hipótesis alternativas razonables. Dicho de otro modo: que el salto desde los hechos base a la conclusión no sea un acto de fe, sino una deducción controlada.

La lección de Otelo no es literaria, es epistemológica: cómo se forman las certezas. Si en la tragedia el sesgo pasional fabrica la “prueba”, en el proceso penal la tarea es inversa: desactivar sesgos, someter cada indicio a contraste y resistir la tentación de cerrar prematuramente el relato. La ausencia de cuerpo no es un vacío retórico; es un déficit probatorio que obliga a un estándar más exigente en la inferencia.

Condenar sin cadáver no es imposible; es, simplemente, más peligroso. Entre la narrativa coherente y la certeza jurídica media una distancia que el juez debe recorrer con disciplina intelectual. Otelo nos recuerda el costo de no hacerlo.

Carlos Suárez Gaete

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