Diario Constitucional

Tecnología y ejercicio profesional

Agustín Núñez Cox: los desafíos del abogado junior frente a la tecnología legal

El impacto de la inteligencia artificial en las primeras oportunidades laborales, la formación del criterio jurídico y las nuevas formas de desarrollo profesional son los ejes de esta entrevista con el abogado y creador de contenido.

Por Tomás Navarrete·23 de septiembre de 2026·19 min de lectura
Agustín Núñez Cox: los desafíos del abogado junior frente a la tecnología legal
Referencial

Por Tomás Navarrete

La incorporación de herramientas de inteligencia artificial al trabajo jurídico plantea preguntas sobre cómo se inicia y se aprende a ejercer la profesión. Para un abogado junior, buscar jurisprudencia, revisar antecedentes y preparar borradores puede ser también parte del aprendizaje del oficio. Ahora, si algunas de estas labores se automatizan —como ha estado ocurriendo tras la irrupción de la tecnología legal en la profesión— resulta necesario examinar qué ocurre con las oportunidades de ingreso, y con la formación del criterio que permitirá asumir responsabilidades más complejas con el transcurso de los años. Agustín Núñez Cox, abogado y creador de contenido, ha compartido en sus redes una mirada crítica sobre el recorrido profesional tradicional. En una publicación reciente cuestiona que ingresar a un estudio de abogados siga siendo considerado el camino seguro en Chile y contrasta esa expectativa con los cambios que, según plantea, afectan a la estructura de los estudios en el extranjero.

A partir de esa reflexión, esta entrevista para Diario Constitucional busca conocer su perspectiva sobre el impacto de la tecnología legal en quienes comienzan su carrera. Las preguntas abordan las posibilidades y los límites de estas herramientas, el papel de la formación profesional y los aprendizajes que podrían orientar el futuro ejercicio de la abogacía en Chile.

1. En tu perfil señalas que dejaste el camino tradicional para construir el propio. ¿Qué experiencias de tu formación o de tus primeros años como abogado te llevaron a replantearte esa trayectoria?

Creo que esto empieza, en parte, desde la universidad. Estudié Derecho en la Pontificia Universidad Católica de Chile, y ahí fui absorbiendo, casi sin darme cuenta, una idea de cuál era el camino lógico a seguir. Los profesores, los compañeros y el ambiente general apuntan hacia que, al terminar la carrera, lo que corresponde es entrar a un estudio de abogados, porque se asume que ahí es donde más se puede aprender, y también donde uno supuestamente va a tener un mejor futuro, en el sentido de ganar más plata y tener mejores oportunidades de carrera.

Y, en cierta medida, sigo pensando que es así en cuanto al aprendizaje. Durante los primeros años uno debería estar como una esponja, absorbiendo todo el conocimiento posible, y un estudio de abogados puede ser un excelente lugar para eso, porque ahí se ve de todo. Por eso, aunque ya tenía la intuición de que ese camino quizás no era para mí, quise probarlo antes de descartarlo.

El problema es que la universidad prepara muy poco para explorar otras alternativas. No es que no existan, sino que muchas veces uno ni siquiera sabe cuáles son. Entonces uno termina pensando que la única trayectoria válida es entrar a un gran estudio, trabajar duro y, eventualmente, llegar a ser socio.

El verdadero replanteamiento vino cuando entré a trabajar a uno de los estudios más importantes del país y pude observar desde dentro cómo era la vida de las personas que estaban más arriba en esa carrera. Ahí empecé a aplicar algo que llamo el test del espejo. Si miro a quienes están más adelante en el camino que yo supuestamente debería recorrer, y no veo reflejada en ellos la vida que quiero tener, quizás tengo que replantearme ese camino.

Lo que vi fue una dedicación prácticamente total al trabajo, con muy poco espacio para la familia, los amigos o los hobbies. Tomarse vacaciones podía generar cierta incomodidad, al punto de que no era común tomarse tres semanas seguidas, y pedir un día libre o trabajar de forma remota simplemente no calzaba con esa cultura. Y lo que más me llamó la atención fue que ese desequilibrio no parecía una etapa transitoria de los primeros años. Al contrario, se intensificaba mientras más arriba estaba la persona en la jerarquía. No era una fase que se superaba con el tiempo, sino la forma permanente de ejercer.

A eso se sumó una segunda reflexión. Hay muchas cosas del modelo tradicional que, mirándolas con distancia, no terminan de hacer sentido. Una de ellas, y quizás la más evidente, es el cobro por hora, que genera incentivos que van en la dirección contraria a la eficiencia. Premia demorarse más en vez de menos, y parecer ocupado en vez de resolver las cosas de la mejor forma posible.

Y fue esa combinación, la vida que veía hacia adelante y la forma en que estaba diseñado el modelo, la que me llevó a preguntarme si realmente quería pasar los próximos veinte o treinta años siguiendo ese camino.

2. En la publicación que motiva esta entrevista cuestionas que ingresar a un estudio de abogados siga siendo el camino seguro y contrastas la situación chilena con cambios que observas en el extranjero. ¿Qué fundamentos ves para trasladar ese diagnóstico a Chile y qué diferencias entre esos contextos habría que considerar?

Soy bastante de mirar qué está pasando afuera. En la universidad tuve la oportunidad de hacer un intercambio en Madrid, donde estudié un semestre de Derecho, y desde entonces me quedó esa costumbre. Me interesa especialmente Estados Unidos y Europa, porque muchas de las transformaciones que empiezan ahí terminan llegando a Chile, aunque normalmente con cierto desfase.

Acá seguimos discutiendo cómo entrar a un estudio de abogados, qué universidad conviene, qué notas se necesitan. Afuera la conversación ya cambió de tema. Están preguntándose cómo estructurar un equipo si ya no necesitas varios junior revisando documentos, investigando o preparando borradores, o cómo cobrar cuando el tiempo dejó de ser la métrica que mide tu trabajo.

Concretamente, ya se están formando dos tipos de estudios que en Chile todavía casi no existen. Uno es el estudio con solo socios o abogados senior de mucha experiencia, que concentran su trabajo en lo que realmente requiere criterio, mientras la tecnología absorbe buena parte de lo repetitivo, y que ya no cobran por hora, porque no tiene sentido cobrar así algo que antes tomaba horas y hoy toma minutos. El otro es el estudio boutique, muy nicheado, apoyado intensivamente en tecnología para operar con equipos mucho más chicos. Pienso, por ejemplo, en un estudio dedicado solo a inscripción de marcas, que usa inteligencia artificial para automatizar gran parte del proceso (búsqueda de antecedentes, redacción de solicitudes, seguimiento) y que con dos o tres personas mueve lo que antes necesitaba un equipo mucho más grande.

Trasladar ese diagnóstico a Chile tiene matices que hay que reconocer. El mercado legal chileno es mucho más chico y concentrado que en otras partes del mundo, por ejemplo que en Estados Unidos, que es el mercado de referencia más grande. La adopción tecnológica acá también es más lenta, la cultura del cobro por hora está más arraigada, y no todas las materias ni todos los clientes tienen las mismas posibilidades de incorporar tecnología. Por eso no creo que Chile se vaya a convertir de un día para otro en una copia de Estados Unidos o Europa. Pero los incentivos económicos que están transformando la prestación de servicios legales afuera son difíciles de ignorar. Para mí la pregunta no es tanto si esos cambios van a llegar a Chile, sino cuándo, en qué áreas primero, y qué estudios se van a adaptar antes que el resto.

3. Desde lo que has observado, ¿qué tareas de un abogado junior pueden cambiar más con la inteligencia artificial y qué consecuencias podría tener eso para su contratación? Puedes ilustrarlo con un ejemplo y precisar si se trata de una experiencia que ya conoces o de una proyección.

Mi experiencia es en judicial. Trabajé en litigios y arbitrajes, y ahí las tareas típicas de un abogado junior son preparar los primeros borradores de escritos, investigar doctrina y jurisprudencia, organizar documentos, por ejemplo en materia probatoria, y en algunos casos asistir a audiencias. De esas, las que más cambian con inteligencia artificial son las tres primeras, porque hoy se reducen casi por completo.

Esto yo lo viví de adentro y lo sigo viendo hoy, tomando casos de forma independiente. Hoy puedes tomar un escrito antiguo o un modelo, meterle los documentos y antecedentes del caso, y la inteligencia artificial te arma un borrador adaptado, con una redacción perfecta. Tu trabajo pasa a ser ordenar la idea y revisar, no escribir desde cero. Lo mismo pasa con la investigación de doctrina y jurisprudencia, donde hoy existen softwares que buscan por ti, ya ni siquiera necesitas meterte a los libros o pasar horas buscando en internet. Y algo parecido ocurre con la organización de documentos, por ejemplo, ordenar y clasificar prueba para un juicio, que hoy también se puede hacer con inteligencia artificial de forma mucho más rápida que revisando carpeta por carpeta.

En áreas más corporativas, redacción de actas de directorio, escrituras públicas, contratos, no fue mi práctica directa, pero sí es algo que vi de cerca, porque trabajaba en el mismo estudio que compañeros de esa área y veía cómo operaban día a día. Ahí creo que el impacto de la inteligencia artificial es todavía mayor que en lo judicial, porque gran parte de ese trabajo es más rutinario y estandarizado, y depende menos del criterio jurídico propiamente tal. Cuando la tarea se reduce a producir un documento con una estructura conocida, que se repite caso tras caso, es exactamente el tipo de trabajo donde la inteligencia artificial rinde mejor.

La consecuencia para la contratación me parece bastante directa. Si el primer borrador, la investigación y la organización de documentos en lo judicial, o la redacción de contratos, actas y escrituras en lo corporativo, que era justamente el trabajo que se le entrega al abogado junior, hoy lo puede hacer una inteligencia artificial y mejor, el estudio deja de necesitar esa mano de obra junior de la misma forma, en ambas áreas. En la práctica, se salta un escalón de la carrera. Antes se necesitaba a un junior para producir esos primeros documentos, hoy ya vienen casi listos, y lo que queda es la revisión final del abogado senior o del socio, que es quien finalmente decide cómo queda el escrito o el contrato.

Lo que sí creo que no es reemplazable, al menos en lo judicial, es la asistencia a audiencias. Eso va a seguir requiriendo a una persona presente en tribunales, litigando. La diferencia está en todo lo que pasa antes de llegar a esa audiencia.

4. Si se automatiza parte de las tareas con las que un abogado joven aprende el oficio, ¿cómo deberían organizar las universidades y los estudios jurídicos su formación para que desarrolle criterio propio y pueda revisar críticamente el trabajo de estas herramientas?

Yo creo que, en primer lugar, las universidades deberían empezar a enseñar el uso de estas herramientas aplicadas al ámbito legal. A mí, al menos, nadie me lo enseñó en la universidad, lo aprendí por mi cuenta. Y hoy siento que el uso de inteligencia artificial está bastante demonizado en el mundo del Derecho, casi como si usarla fuera hacer trampa, o como si dejaras de pensar por usarla. Pero no es así. La inteligencia artificial es una herramienta tremenda, porque el servicio que uno entrega como abogado, con esa ayuda, termina siendo mejor. No se trata de que los abogados hayamos sido reemplazados, sino de que existe una herramienta que puedes usar a tu favor para que algo tan central como el acceso a la justicia mejore. Hoy hay personas que, gracias a la inteligencia artificial, entienden perfectamente los pasos de un caso, o pueden armar una demanda por su cuenta, algo que antes dependía completamente de tener un abogado al lado.

Lo que la inteligencia artificial no puede reemplazar nunca es el criterio, la parte más humana del ejercicio del Derecho. Te puede entregar algo prácticamente perfecto en la forma, pero hay decisiones y matices que siguen requiriendo a una persona pensando. Por eso, en las universidades empezaría por sacar el prejuicio y enseñar la herramienta abiertamente, sin miedo. Pero eso no reemplaza la formación de fondo, que sigue siendo necesaria. El tema es que esa formación de fondo tiene que ir acompañada de mucho más ejercicio práctico que memorización. Un taller donde los alumnos usen inteligencia artificial para generar escritos o borradores, y después los evalúen críticamente, revisando dónde están los errores y qué se puede mejorar. O ejercicios donde primero armen la estrategia y la teoría del caso por su cuenta, y recién después usen la inteligencia artificial para construir los documentos, no al revés.

En los estudios jurídicos creo que aplica algo parecido, pero con un paso más. Ya no tiene mucho sentido pedirle a un junior solamente que redacte un borrador, porque eso lo puede hacer la inteligencia artificial. Lo que sí tiene sentido es darle más responsabilidad real: que se involucre antes en el contacto con el cliente y en la discusión de la estrategia del caso, no solo después de que ya está definida, que participe en la teoría del caso, que proponga soluciones. Y creo que también hay que cambiar cómo se les evalúa. Si a un junior se le sigue midiendo por horas cargadas o cantidad de borradores entregados, el incentivo sigue apuntando al lado equivocado. Si se le evalúa por la calidad de su razonamiento o de sus propuestas de estrategia, el foco cambia de producir documentos a pensar bien, que es justamente el tipo de trabajo donde se forma el criterio.

5. Frente a la idea de que la tecnología desplazaría a los abogados jóvenes, ¿qué aspectos de su trabajo consideras que seguirán requiriendo intervención humana y qué oportunidades podría generar la inteligencia artificial para quienes recién comienzan?

En lo judicial, hay funciones donde la intervención humana va a seguir siendo central: asistir a audiencias, litigar frente a un tribunal, interrogar a un testigo, reaccionar a lo que ocurre durante un juicio a medida que pasa. Son situaciones donde no basta con producir un escrito perfecto, hay que tomar decisiones frente a otras personas, en el momento. En lo corporativo, diría que lo más difícil de reemplazar es la negociación. Ahí no existe una respuesta correcta que una inteligencia artificial pueda calcular, depende de leer a la otra parte, generar confianza, entender qué es realmente importante para el cliente y tomar decisiones de riesgo en tiempo real.

Sobre las oportunidades, creo que hay varias que antes simplemente no existían. La primera es el legal tech, empresas que resuelven necesidades jurídicas a través de tecnología, no necesariamente estudios de abogados tradicionales. Ya están apareciendo roles como Legal Engineer, donde alguien con formación jurídica trabaja junto a quienes desarrollan productos de software o inteligencia artificial, traduciendo entre ambos mundos. Es un tipo de trabajo que prácticamente no existía hace algunos años.

La segunda tiene que ver con áreas del Derecho que nacen directamente a partir de esta tecnología. Protección de datos, regulación de inteligencia artificial, propiedad intelectual aplicada a modelos de IA. Son especialidades tan nuevas que casi nadie tiene veinte años de experiencia en ellas todavía. Ahí un abogado joven parte en una posición mucho más pareja, porque la experiencia acumulada, que normalmente juega en contra del junior, simplemente no existe todavía para nadie.

Y la tercera es que, al reducirse el trabajo operativo que antes requería un equipo grande, se vuelve mucho más viable armar una práctica independiente o boutique de forma temprana. Antes, para ejercer con cierta solvencia necesitabas la estructura de un estudio grande, con varios junior apoyando. Hoy, con las herramientas correctas, una o dos personas pueden sostener un volumen de trabajo que antes exigía un equipo mucho más grande.

Si bien creo que la inteligencia artificial va a eliminar o transformar una parte importante de las tareas que hasta ahora se le asignaban a los abogados junior, y eso puede generar incertidumbre, al mismo tiempo creo que abre una puerta distinta, si se hace bien. Si los estudios y los abogados con más experiencia toman esta oportunidad de la forma correcta, debería liberar al abogado joven de pasar sus primeros años haciendo exclusivamente tareas repetitivas, y darle la posibilidad de aprender antes las cosas que realmente requieren criterio, relacionamiento y estrategia, además de las oportunidades nuevas que mencioné antes. Pero eso depende de que quienes están arriba decidan aprovecharlo así, y no simplemente usarlo para necesitar menos gente.

6. ¿Qué precauciones consideras indispensables para que un abogado que recién comienza use inteligencia artificial con responsabilidad, especialmente al verificar fuentes y proteger la información de sus clientes?

Creo que esto es lo más fundamental de toda la conversación sobre inteligencia artificial en el Derecho. Puede reemplazarte gran parte del trabajo repetitivo y ahorrarte muchísimas horas, pero lo que nunca puede reemplazar es la revisión. Me ha pasado, buscando jurisprudencia o doctrina, que la inteligencia artificial todavía alucina, inventa citas que no existen. Y cada una de esas citas tiene que ser verificada, sin excepción, porque el riesgo no es menor. Ya han pasado casos reales de esto en tribunales, en distintos países y también en Chile, con abogados sancionados por presentar escritos con jurisprudencia inventada por estas herramientas. Eso puede dañar tu reputación y el trabajo de todos los abogados que sí usan estas herramientas con responsabilidad, así que para mí no es negociable, todo lo que te entregue la inteligencia artificial se revisa antes de presentarlo.

Lo segundo es la confidencialidad. El secreto profesional sigue siendo un pilar del ejercicio del Derecho, y eso no cambia por usar nuevas herramientas. Cuando un estudio o un abogado independiente contrata estas tecnologías, tiene que asegurarse de que la información de sus clientes esté protegida, y entender bien qué pasa con los datos que se suben a esas plataformas. No es lo mismo usar una herramienta pensada para uso profesional, con garantías de privacidad y sin usar los datos del cliente para entrenar otros modelos, que meter documentos sensibles en cualquier chatbot genérico gratuito. Es una decisión que cada abogado joven tiene que tomar con criterio, entendiendo que la comodidad de una herramienta gratuita no vale el riesgo de filtrar información de un cliente.

En el fondo, para mí se resume en una idea simple: la inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria, pero la responsabilidad profesional sigue siendo enteramente tuya. Nunca se delega.

7. Desde tu experiencia creando contenido y desarrollando una marca personal, ¿cómo pueden las herramientas digitales ayudar a un abogado joven a construir oportunidades profesionales y qué importancia tiene respaldar esa visibilidad con preparación y experiencia?

Creo que esto se relaciona mucho con las nuevas oportunidades de negocio de las que hablé antes. Hoy un abogado joven tiene muchas más posibilidades de construir algo independiente, porque la tecnología permite hacer con equipos mucho más pequeños cosas que antes requerían una estructura grande. Pero ahí aparece el verdadero problema de cualquier abogado que recién empieza: los clientes. Un estudio grande tiene clientes porque lleva años construyendo relaciones y reputación. Si eres un abogado joven que quiere hacer algo propio, tienes que encontrar una forma de generar esa confianza desde cero.

Ahí las redes sociales pueden ser un activo enorme, y es gratuito. Primero, porque permiten que la gente te conozca antes de haber trabajado contigo, y eso genera confianza. Segundo, porque generan networking real: cuando empiezas a mostrarte, aparecen personas, oportunidades y conversaciones que antes hubiera sido muy difícil que llegaran a ti. No es que falten abogados, hay miles, pero no todos generan esa confianza inicial que hace que alguien te elija a ti por sobre otro.

Toda esa visibilidad, sin embargo, tiene que estar respaldada por algo real, porque de lo contrario puede jugar incluso en contra. En Derecho, crear contenido no debería ser solamente marketing, también es una forma de demostrar criterio en público. Cada vez que explicas cómo piensas un problema jurídico o cómo llegaste a una conclusión, la gente está evaluando si sabes de lo que estás hablando. Y para eso no necesitas veinte años de trayectoria. Puedes no tener la experiencia acumulada de alguien que lleva décadas ejerciendo, pero sí puedes tener criterio, estudiar en profundidad, mostrar casos reales cuando se puede, y demostrar cómo piensas. Eso también construye credibilidad.

Para mí la clave está justamente en esa combinación: visibilidad para que las oportunidades te encuentren, y preparación detrás para que esa atención se transforme en confianza real. En Derecho esa diferencia importa más que en otros rubros, porque no estás vendiendo simplemente un producto. La mayoría de las veces estás interviniendo en decisiones que tienen consecuencias muy importantes para la vida o el patrimonio de una persona.

8. Si hoy estuvieras comenzando la carrera, ¿qué decisiones tomarías para prepararte para los próximos años del ejercicio profesional, considerando tanto los cambios tecnológicos como lo que sigue siendo esencial en la abogacía?

Esta pregunta en realidad la estoy viviendo ahora mismo, porque llevo poco más de un año ejerciendo, así que también estoy comenzando mi propia trayectoria. Y creo que todo pasa por un cambio de mentalidad. La pregunta que me hago hoy no es qué título tengo, sino qué valor agregado aporto. Hay miles de abogados, y todos tienen acceso a las mismas herramientas tecnológicas. Si alguien me contrata solo para redactar un borrador que hoy puede hacer una inteligencia artificial, no hay razón para elegirme a mí por sobre cualquier otro abogado. Las credenciales solas ya no alcanzan.

Y ahí es donde entra un concepto que me parece central para pensar los próximos años de esta profesión: el profesional híbrido. Un abogado con perfil comercial, con habilidades de venta, con capacidad real de comunicación, que además entienda de tecnología, va a tener mucho más valor que uno que solo sabe Derecho, por muy bien que lo sepa. No porque el conocimiento jurídico deje de importar, sino porque esa combinación de habilidades es mucho más difícil de encontrar, y por lo tanto mucho más difícil de reemplazar.

Por eso la decisión que estoy tomando, y que le recomendaría a cualquiera que recién empieza, es construir ese perfil híbrido desde ahora, no esperar años para empezar a desarrollar otras habilidades. Aprender a usar inteligencia artificial aplicada al Derecho desde el principio. Y en paralelo, desarrollar habilidades que tradicionalmente no se enseñan en la carrera: comunicación, ventas, comunicación digital, manejo de estas herramientas.

Pero eso no significa abandonar lo esencial. Sigo pensando que la base sólida de conocimiento jurídico, el criterio que se construye con años de ejercicio, sigue siendo indispensable. El profesional híbrido no es alguien que sabe un poco de todo y nada en profundidad, es alguien que tiene una base fuerte en Derecho y la usa para meterse en lugares donde el molde tradicional del abogado nunca la hubiera llevado.

Y creo que ese es, en el fondo, mi mensaje final. No se trata solamente de sumar habilidades encima del título, se trata de dejar de pensar que ser abogado significa encajar en un solo molde, el del litigante o el corporativo tradicional. Hoy existen mercados nuevos, problemas nuevos, industrias enteras que necesitan a alguien que entienda de Derecho pero que también entienda de tecnología, de negocios, de comunicación, o de lo que a cada uno le apasione. El Derecho puede aplicarse a muchas más cosas de las que la carrera tradicional te enseña a imaginar, y creo que ahí está la verdadera oportunidad para quien está empezando hoy: no encerrarse en la idea de qué es un abogado, sino ir descubriendo dónde puede llevarte ese conocimiento si te atreves a salir del molde.

Y quizás eso resume bien los temas que hemos tocado en esta entrevista. Las generaciones anteriores tenían, en general, un camino bastante lineal que seguir: estudiar Derecho, entrar a un estudio, hacer carrera dentro de esa estructura. Ese camino sigue existiendo, pero ya no es el único, y esa es la oportunidad real que tiene mi generación, la de preguntarse de verdad en qué quiere trabajar y cómo quiere construir su carrera, en vez de asumir que hay un solo camino posible. La inteligencia artificial va a transformar el trabajo jurídico, sin dudas. Pero más que una amenaza, creo que tenemos una oportunidad que las generaciones anteriores no tuvieron. Hoy el mundo es distinto, y por eso creo que no podemos mirar solamente cómo construyeron sus carreras quienes vinieron antes que nosotros y asumir que ese mismo camino nos va a servir. Tenemos que empezar a pensar hacia adelante, preguntarnos qué va a existir en los próximos años y prepararnos para eso, en vez de limitarnos a prepararnos para el mundo que ya existe. Dejar de prepararnos para ser el abogado que existía ayer, y empezar a construir el abogado que va a hacer falta mañana.

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