Geriatricidio carcelario
Mucho mejor
La opinión cuestiona el trato penitenciario dispensado a personas mayores y gravemente enfermas, y critica la falta de respuestas efectivas de los distintos órganos del Estado para evitar que condenas de larga duración se transformen, en los hechos, en el término de sus vidas en prisión. La autora invoca las obligaciones asumidas por Chile en materia de protección de las personas mayores y plantea la necesidad de aplicar alternativas al encarcelamiento en situaciones de avanzada edad y deterioro de salud.

“No solo vamos a estar bien, vamos a estar mucho mejor”, escribió el Presidente Kast tras inaugurar las fondas del Parque O’Higgins. La promesa no cruza ninguna reja. No izar la bandera este dieciocho cuesta hasta cinco UTM; dejar que un anciano se apague en una celda sale gratis.
El geriatricidio carcelario no es una desgracia: es una decisión, y lleva firma. La pena de muerte salió del Código Penal en 2001; los tribunales la reponen a plazos cada vez que imponen diez años a un hombre de ochenta y ocho y lo llaman pena temporal. Después niegan el cumplimiento en el domicilio al postrado, pudiendo concederlo. Gendarmería hace su parte: trató una peritonitis como dolor de estómago y entregó un cadáver. El Ministerio de Justicia recibe denuncias y contesta con silencio.
Queda La Moneda. El mismo Mandatario declaró hace días que “no corresponde que una persona muera en la cárcel”. Tiene más de cien solicitudes sobre el escritorio y ya avisó que en septiembre no habrá indultos. La frase es impecable. Pero el calendario de palacio corre más lento que una enfermedad terminal.
Desde 2017, la Convención Interamericana que protege a las personas mayores obliga al Estado a promover alternativas a la prisión. Papel mojado.
Un interno fallecido permaneció más de seis horas tendido en el pabellón, a la vista de sus compañeros, sin que nadie lo retirara. Hasta muerto siguió preso.
En el Te Deum, quienes gobiernan y quienes juzgan dan gracias. El himno que da nombre a la ceremonia suplica en sus últimos versos: “Ten piedad de nosotros, Señor”. Bajo ese nombre se congregan, en la Catedral, los mismos que podrían otorgar esa piedad por resolución o por decreto y no lo hacen. No es impunidad: es permitir que un abuelo pase sus últimas Fiestas Patrias en la mesa de su casa. Ninguna patria llega a estar mucho mejor mientras implora para sí la misericordia que rehúsa a los suyos.
Carla Fernández Montero
Abogada
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