Formación práctica de futuros abogados
Dominique Alezthier: Torneos universitarios de litigación, una herramienta para acercar a los estudiantes a la práctica jurídica
La docente universitaria destaca que estas competencias permiten cerrar la brecha entre saber Derecho y saber utilizarlo frente a una controversia. A su juicio, un buen litigante debe construir una teoría del caso sólida, escuchar a la contraparte, jerarquizar argumentos, reconocer las debilidades de su propia posición y desarrollar la capacidad de persuadir al tribunal.

Por María José Alfaro Bahamonde
En los últimos años, distintas facultades de Derecho en Chile han incorporado o impulsado torneos y competencias de litigación, instancias en las que estudiantes deben asumir el rol de abogados y enfrentarse a casos simulados mediante alegatos, interrogatorios, contrainterrogatorios y otras técnicas propias del ejercicio profesional.
Estas iniciativas buscan complementar la formación jurídica tradicional con herramientas prácticas, permitiendo que los futuros abogados desarrollen habilidades de argumentación, expresión oral, construcción de teorías del caso y capacidad de reacción frente a los planteamientos de la contraparte.
En este contexto, resulta relevante conocer cuál es el verdadero aporte de estas competencias a la formación de los estudiantes y si constituyen una preparación efectiva para los desafíos que deberán enfrentar posteriormente en el ejercicio de la profesión.
Para abordar este tema, conversamos con Dominique Alezthier, abogada de la Universidad Finis Terrae, Magíster en Derecho de los Recursos Naturales y Medio Ambiente, docente universitaria, tutora en preparación de examen de grado y jueza en diversos torneos interuniversitarios de litigación, organizados por la Asociación Chilena de Litigación y el Colegio de Abogados.
Desde su experiencia, analiza el impacto de estas instancias en la formación práctica y las habilidades propias de la litigación que deberían desarrollar quienes aspiran a desempeñarse como abogados litigantes.
1. ¿Qué importancia cree usted que tienen los torneos de litigación en la formación práctica de los futuros abogados?
Creo que tienen una importancia enorme porque obligan al estudiante a dar un paso que en Derecho no siempre es fácil: pasar del conocimiento jurídico a la argumentación jurídica.
En un torneo no basta con identificar correctamente cuál es el problema jurídico o conocer las normas aplicables. El estudiante tiene que construir una posición, desarrollar una teoría del caso y ser capaz de defenderla frente a los argumentos de la contraparte.
Eso exige varias habilidades propias del abogado litigante: conocimiento jurídico, oralidad, capacidad argumentativa, escucha activa, manejo del tiempo, capacidad de reacción y estrategia. Es precisamente esa combinación la que hace que estas instancias sean tan valiosas para la formación.
2. ¿En qué medida una competencia de litigación permite acercar a los estudiantes a lo que realmente enfrentarán en tribunales?
Naturalmente, una competencia universitaria no reproduce por completo lo que significa llevar una causa real. Sin embargo, sí permite desarrollar técnicas que después son fundamentales en litigación.
Una de ellas es aprender a construir un argumento jurídicamente sólido. No basta con afirmar una determinada posición: hay que fundamentarla en los hechos y en el Derecho y desarrollar el razonamiento que permite llegar a la conclusión que se está sosteniendo.
También permite trabajar algo que considero esencial en litigación efectiva: escuchar. En los torneos en los que he participado como jueza normalmente no intervenimos haciendo preguntas durante el alegato, por lo que la réplica y la dúplica adquieren mucha importancia. Es ahí donde uno puede observar si el estudiante realmente escuchó y comprendió los argumentos de la contraparte o si simplemente está reproduciendo algo que traía preparado.
Incluso ocurre que un estudiante utiliza en su réplica un argumento que tenía muy bien preparado, pero que la contraparte nunca planteó. En esos casos, los jueces advertimos que la intervención estaba construida de antemano y no a partir de lo que ocurrió durante la audiencia. La réplica no es una segunda oportunidad para incorporar aquello que quedó pendiente del alegato; tiene una función específica y exige hacerse cargo de lo que efectivamente sostuvo la contraparte.
3. ¿Qué diferencia existe entre saber Derecho y saber litigar, y cómo ayudan estos torneos a cerrar esa brecha?
Saber Derecho es indispensable para litigar bien, pero no es suficiente. Un abogado litigante tiene que saber qué hacer con ese conocimiento dentro de una controversia.
Litigar supone seleccionar, jerarquizar y construir. Hay que identificar cuáles son los hechos jurídicamente relevantes, cuál es el problema que debe resolverse, qué argumentos son realmente conducentes y cuáles son las fortalezas y debilidades de ambas posiciones.
Para mí, una característica de un muy buen litigante es precisamente esa honestidad intelectual frente al caso. Tiene que ser capaz de reconocer cuál es el argumento más fuerte de la contraparte y cuál es el punto más débil de su propia teoría del caso. Pretender que la propia posición no tiene ninguna debilidad generalmente produce el efecto contrario.
A veces, reconocer un punto favorable a la contraparte puede ser mucho más efectivo que intentar negar lo evidente. Identificar un aspecto desfavorable de la propia posición y explicar por qué, aun así, la conclusión jurídica que se propone al tribunal sigue siendo la correcta demuestra comprensión del caso, criterio y estrategia.
Los torneos permiten trabajar justamente esa diferencia: ya no se evalúa solamente cuánto Derecho sabe el estudiante, sino qué es capaz de hacer con ese conocimiento frente a una controversia concreta.
4. ¿Qué diferencia ha observado entre los estudiantes que llegan muy preparados de memoria y aquellos que realmente comprenden la teoría del caso?
Para mí, uno de los momentos donde más claramente se observa esa diferencia es en la réplica y la dúplica.
Muchas veces un estudiante llega con argumentos muy buenos y muy bien preparados. El problema aparece cuando utiliza en la réplica un argumento que la contraparte nunca planteó. Ahí inmediatamente surge la duda de si realmente estaba escuchando o si simplemente tenía preparada esa respuesta y necesitaba incorporarla de alguna manera.
En cambio, cuando existe una comprensión profunda de la teoría del caso, el estudiante puede identificar qué dijo efectivamente la contraparte, detectar cuál de esos argumentos representa una verdadera amenaza para su posición y decidir estratégicamente cuál merece ser controvertido.
Eso demuestra una preparación mucho más profunda. Prepararse para litigar no significa solamente anticipar todos los argumentos posibles, sino tener la flexibilidad suficiente para abandonar aquello que preparé si durante la audiencia dejó de ser pertinente.
También se nota en la convicción. No me refiero a hablar más fuerte ni a sobreactuar seguridad, sino a que exista coherencia entre el conocimiento del caso y la forma en que se defiende una posición. La convicción de un litigante es mucho más persuasiva cuando proviene del dominio real de su teoría del caso.
5. ¿Considera que las facultades de Derecho deberían incorporar con mayor frecuencia este tipo de instancias prácticas?
Sí. Y no creo que necesariamente tenga que hacerse siempre a través de grandes torneos. Estas habilidades pueden comenzar a desarrollarse progresivamente durante la carrera mediante ejercicios de argumentación, simulaciones, debates jurídicos y distintas actividades de oralidad.
En Derecho tradicionalmente hemos puesto mucho énfasis en la adquisición de conocimientos, que evidentemente es fundamental, pero la litigación exige además aprender a utilizar estratégicamente esos conocimientos.
Un futuro abogado litigante necesita aprender a construir un alegato, formular una teoría del caso coherente, trabajar con hechos favorables y desfavorables, responder a la contraparte, utilizar correctamente las fuentes jurídicas y dirigirse adecuadamente al tribunal. Todo eso también requiere entrenamiento.
6. ¿Qué errores suelen cometer los estudiantes cuando participan por primera vez en un torneo de litigación?
Uno bastante común es creer que mientras más argumentos presenten, mejor será el alegato. No necesariamente es así. Resulta más efectivo desarrollar dos o tres líneas argumentativas sólidas que presentar una gran cantidad de argumentos de manera superficial.
También se confunde preparación con memorización. Se nota cuando el estudiante tiene dificultades para apartarse de su guion o cuando utiliza en la réplica argumentos que no responden realmente a lo planteado por la contraparte.
Otro aspecto que observo es el uso de las fuentes. No basta con nombrar una sentencia o mencionar a un autor. Si se cita jurisprudencia o doctrina, debe hacerse correctamente y, sobre todo, debe explicarse para qué se está utilizando. ¿Cuál es el criterio que aporta esa sentencia? ¿Qué razonamiento doctrinario fortalece mi argumento? La autoridad jurídica tiene que cumplir una función dentro del alegato; no puede convertirse simplemente en una enumeración de nombres o fallos.
Y hay cuestiones formales que también importan. Saber individualizarse correctamente al inicio de una audiencia, dirigirse al tribunal con la formalidad correspondiente y mantener una conducta acorde con la instancia son aspectos básicos de la litigación que los estudiantes también deben aprender.
7. Desde su experiencia como docente y jueza en torneos de litigación, ¿qué características distinguen a un buen abogado litigante en este tipo de competencias?
Hay muchas cosas que uno observa desde el lugar de juez, incluso en minutos en los que el estudiante no está hablando.
Por supuesto está el conocimiento jurídico y la solidez de la teoría del caso, pero me interesa especialmente la capacidad de desarrollar argumentos. No basta con identificar correctamente el problema jurídico: hay que argumentarlo. Como jueza busco seguir el razonamiento y entender por qué, a partir de determinados hechos, normas y fuentes, debería llegar a la conclusión que ese litigante propone.
También observo y valoro la capacidad estratégica del litigante para analizar ambas posiciones. Al momento de evaluar su desempeño, me fijo en si conoce las fortalezas y debilidades de su propio caso, si logra identificar las de la contraparte, si determina dónde se encuentra el verdadero punto de controversia y si concentra allí su argumentación. Asimismo, considero especialmente relevante que sea capaz de reconocer una debilidad de su propia posición, hacerse cargo de ella y explicar por qué, pese a existir, no resulta suficiente para desvirtuar su teoría del caso.
La oralidad es otra dimensión importante. Claridad, estructura, ritmo, manejo del tiempo y convicción. Pero la convicción no puede reemplazar al argumento: tiene que acompañarlo.
Y hay algo que quizás desde fuera pasa más inadvertido: el trabajo de mesa. Como juez uno también observa qué hace el estudiante mientras alega su compañero. Si está tomando apuntes de los argumentos de la contraparte, si detecta algo relevante para una futura réplica, si apoya a quien está alegando o si, por el contrario, después de terminar su propia intervención se desentiende completamente de la audiencia.
Litigar en equipo significa estar física y mentalmente presente durante toda la audiencia. Aunque sean pequeños gestos y duren apenas unos minutos, desde el tribunal se perciben. Para mí eso también habla de la preparación y profesionalismo del equipo.
8. ¿Hasta qué punto el desempeño en un torneo de litigación puede ser un indicador de las capacidades que tendrá un futuro abogado en el ejercicio profesional?
Puede mostrar aptitudes especialmente relevantes para quien quiera dedicarse a la litigación, aunque naturalmente no permite anticipar por completo cómo será ese estudiante en el ejercicio profesional.
En una competencia podemos observar habilidades muy propias del abogado litigante: construcción de teoría del caso, selección y jerarquización de argumentos, capacidad de síntesis, oralidad, escucha activa, réplica, manejo de autoridad jurídica, capacidad de reacción, trabajo en equipo y comportamiento frente al tribunal.
También permite observar algo que considero muy importante: criterio. Hay estudiantes que comprenden que no tienen que controvertir absolutamente todo. Saben qué punto conceder, qué argumento dejar pasar y dónde concentrar realmente su intervención. Esa selección estratégica es una habilidad muy propia de la litigación.
Pero también hay que recordar que estamos frente a estudiantes que están aprendiendo. Por eso considero especialmente importante la retroalimentación que se entrega al finalizar cada instancia.
Como jueces podemos explicarles qué argumento fue especialmente sólido, dónde faltó desarrollo, qué punto de la contraparte no contestaron, cuándo una cita jurisprudencial fue realmente útil o cuándo faltó conectar esa fuente con la conclusión que estaban sosteniendo. Esa retroalimentación es una parte esencial del torneo porque transforma una competencia en una verdadera instancia de formación.
9. ¿Existe el riesgo de que estas competencias enseñen a los estudiantes a “ganar” una audiencia, pero no necesariamente a ejercer una buena litigación?
Puede existir ese riesgo si todo se reduce al resultado. Pero precisamente por eso importa mucho qué entendemos por una buena litigación y cuáles son los criterios que se evalúan.
No debería imponerse una posición simplemente porque alguien habla mejor, tiene mayor desplante o transmite más seguridad. Un alegato puede ser excelente desde el punto de vista de la oralidad y tener una construcción jurídica débil. También puede existir una posición jurídicamente muy sólida que no logra ser comunicada de manera efectiva.
Por eso la evaluación debe considerar ambas dimensiones.
Además, para mí una buena litigación tiene mucho que ver con la credibilidad frente al tribunal. Un litigante no pierde necesariamente fuerza cuando reconoce un hecho desfavorable o una debilidad de su posición. A veces ocurre exactamente lo contrario. Si identifica correctamente ese problema, lo enfrenta y explica por qué, a pesar de él, su conclusión sigue siendo jurídicamente sostenible, puede fortalecer enormemente su teoría del caso.
La litigación no consiste en negar todo lo que dice la contraparte. Consiste en persuadir al tribunal de que, frente a dos posiciones jurídicas contrapuestas, la solución que estoy proponiendo es la que se encuentra mejor fundada.
10. ¿Cree que estas competencias pueden contribuir a mejorar la preparación práctica con la que los abogados egresan de las universidades chilenas?
Sí, totalmente, especialmente si se entienden como parte de un proceso formativo y no como una actividad aislada.
Una de sus grandes ventajas es que permiten al estudiante equivocarse en un espacio académico. Puede probar una estrategia, descubrir que un argumento que parecía muy sólido no lo era tanto, recibir retroalimentación y volver a intentarlo.
Como jueza me ha tocado ver casos en que ambos equipos llegan con un muy buen nivel jurídico y la diferencia termina estando precisamente en cuestiones propias del arte de litigar: quién construyó una teoría del caso más coherente, quién jerarquizó mejor sus argumentos, quién detectó la fortaleza de la posición contraria, quién escuchó realmente a la contraparte, quién utilizó estratégicamente su réplica y quién logró transmitir su posición al tribunal con mayor claridad y convicción.
Incluso cuestiones que podrían parecer pequeñas, como la forma de dirigirse al tribunal, cómo se utiliza una sentencia durante el alegato, la manera de administrar los minutos disponibles o el trabajo que realiza el equipo mientras la contraparte está alegando, terminan mostrando cuánto ha comprendido el estudiante acerca de la dinámica de una audiencia.
Creo que ahí está el verdadero valor de estas competencias. El estudiante entiende que litigar no consiste en memorizar un alegato y exponerlo. Implica conocer profundamente el expediente y la teoría del caso, anticipar escenarios, escuchar, seleccionar, conceder cuando corresponde, refutar, argumentar y persuadir.
Son destrezas propias del abogado litigante que difícilmente pueden adquirirse solamente a través del estudio teórico.




