Juicios paralelos en redes
Cultura de la cancelación: cuando las redes juzgan antes que los tribunales
Una acusación publicada en redes sociales puede provocar, en pocas horas, que una persona sea cuestionada públicamente, pierda contratos, oportunidades laborales y vea seriamente dañada su reputación. El problema es que las redes avanzan mucho más rápido que la Justicia: mientras una publicación…

Una acusación publicada en redes sociales puede provocar, en pocas horas, que una persona sea cuestionada públicamente, pierda contratos, oportunidades laborales y vea seriamente dañada su reputación. El problema es que las redes avanzan mucho más rápido que la Justicia: mientras una publicación puede hacerse viral de inmediato, un proceso judicial puede tardar meses o incluso años en llegar a una sentencia.
Este fenómeno es conocido como “cultura de la cancelación” o cancel culture. Consiste en señalar, rechazar, boicotear o marginar públicamente a una persona, empresa o institución por una conducta, declaración u opinión considerada ofensiva, inapropiada o contraria a determinados valores sociales.
La dificultad aparece cuando esa condena pública se produce antes de que exista una investigación o una resolución judicial que determine lo ocurrido. Incluso si posteriormente la persona obtiene un resultado favorable ante los tribunales, el daño a su imagen puede ser difícil de reparar.
Existen diversos casos que muestran este fenómeno. En España, María Mavropoulou Stolariarenko, conocida como Mavi de Mars, acusó en 2022 al DJ israelí Guy Gerber de haberla violado años antes en Grecia. La acusación fue difundida en Facebook e Instagram y provocó protestas que llevaron a suspender una actuación del artista. Gerber negó los hechos y presentó una querella por calumnias. El caso llegó a juicio y se encuentra a la espera de sentencia.
Otro caso es la absolución de Calum Best, hijo del exfutbolista George Best, quien había sido acusado de abuso sexual en Ibiza y enfrentó, además del proceso judicial, una fuerte exposición pública en redes sociales.
Un desenlace distinto tuvo Luis Rubiales, expresidente de la Real Federación Española de Fútbol, quien fue ampliamente cuestionado por el beso sin consentimiento a Jenni Hermoso durante la celebración del Mundial femenino en Sídney y posteriormente fue condenado por la Justicia.
También está el caso del actor Kevin Spacey perdió importantes oportunidades profesionales después de recibir acusaciones de agresión sexual, mientras que Johnny Depp vio afectada su carrera cinematográfica en medio de las acusaciones relacionadas con su relación con Amber Heard. Ambos casos muestran que las consecuencias profesionales y reputacionales pueden comenzar mucho antes de que los tribunales resuelvan definitivamente las controversias.
Otro ejemplo es el del sociólogo Boaventura de Sousa Santos, quien fue vinculado públicamente con acusaciones de acoso sexual formuladas en una publicación académica. El caso tuvo amplia difusión en medios portugueses y provocó consecuencias profesionales, entre ellas la retirada de publicaciones y la cancelación de invitaciones internacionales.
Estos casos tienen un elemento común: las consecuencias sociales y profesionales pueden producirse antes de que exista una decisión judicial.
Con todo, para determinar si una publicación puede tener consecuencias legales es necesario analizar exactamente qué se ha dicho. No es lo mismo expresar una opinión crítica que atribuir a una persona hechos concretos capaces de dañar gravemente su reputación. Por eso, debe estudiarse el contenido de las expresiones difundidas y determinar si pueden constituir, por ejemplo, una vulneración del derecho al honor o incluso alcanzar relevancia penal.
Las consecuencias de una campaña de cancelación pueden ser especialmente graves cuando afecta a personas conocidas públicamente. Una acusación difundida masivamente puede provocar la pérdida del trabajo, contratos publicitarios, oportunidades profesionales o invitaciones, incluso antes de que haya comenzado un procedimiento judicial.
Es claro que, aunque posteriormente exista una resolución favorable, la vinculación entre la persona y las acusaciones puede permanecer durante mucho tiempo. Aunque se tenga una victoria en los tribunales, la imagen queda manchada.
Desde el punto de vista jurídico, estos casos plantean una cuestión especialmente compleja: ¿dónde termina la libertad de expresión y dónde comienza el derecho al honor?
La libertad de expresión protege la posibilidad de manifestar opiniones, críticas y pensamientos, pero no es un derecho ilimitado. Si determinadas manifestaciones afectan el honor, la dignidad, la intimidad o la propia imagen de otra persona, es necesario equilibrar esos derechos con la libertad de expresión.
Existe, por lo tanto, una línea muy fina entre expresar libremente una opinión y formular afirmaciones que pueden lesionar ilegítimamente la reputación de otra persona.
La solución depende de las circunstancias de cada caso, del contenido de las palabras utilizadas, de si se presentan hechos como verdaderos o simples opiniones y del contexto en que fueron difundidas.
Las personas que consideran vulnerado su honor pueden recurrir a los tribunales, en sede penal o civil, en resguardo de su derecho al honor, la intimidad personal y familiar y la propia imagen, frente a intromisiones ilegítimas en esos derechos.
Cuando una publicación vulnera el honor, pero no alcanza la gravedad suficiente para constituir un delito, la vía más adecuada es civil.
Con todo, si una persona ha sido objeto de una campaña masiva de cancelación en redes sociales, incluso una sentencia favorable puede resultar insuficiente para recuperar completamente su reputación.
Además, este tipo de daños son difíciles de valorar económicamente. Una publicación puede eliminarse y un tribunal puede ordenar una indemnización o reconocer que existió una vulneración del honor, pero es mucho más complicado borrar las acusaciones que ya circularon ampliamente por internet.
Por ello, la cultura de la cancelación plantea un desafío cada vez mayor para los tribunales: proteger la libertad de expresión y el derecho de las personas a denunciar o criticar públicamente determinadas conductas, pero evitando al mismo tiempo que las redes sociales se transformen en verdaderos tribunales paralelos capaces de destruir la reputación de alguien antes de que la Justicia determine qué ocurrió.
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