Diario Constitucional

Opinión.

Acerca de la sociedad del trabajo a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia.

El futuro del trabajo no se vislumbra sin un orden justo y una modernidad de la sociedad a partir de la revolución tecnológica “antropológica”.

Por Redacción·08 de septiembre de 2017·7 min de lectura
Acerca de la sociedad del trabajo a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia.
Referencial

En un artículo publicado recientemente, Gerardo Corres, abogado argentino, analiza la relación entre el derecho del trabajo y la doctrina social de la Iglesia, tanto histórica como actualmente.

El artículo comienza indicando que una de las características fundamentales del desarrollo del sistema de relaciones laborales, es que los acontecimientos históricos que han influido decididamente en su construcción, son hasta a veces contradictorios -incluso en cuanto a su ideología-; eso genera una relación fluctuante entre el capital y el trabajo, donde cuesta consolidar una verdadera ciudadanía laboral. A diferencia de esto, el aporte que ha hecho la Doctrina Social de la Iglesia ha sido mantener siempre, sin dominarse por la cotidianeidad de las luchas de poder, los valores permanentes, de un Orden Social Justo -el motivo de la Encíclica Rerum Novarum- que se debe instaurar a partir del respeto del trabajador y del trabajo, como parte intrínseca de la dignidad de la persona cualquiera sea las circunstancias políticas, económicas o sociales. Así, en el presente, es posible apreciar la importancia que ha tenido la Doctrina Social de la Iglesia en la construcción de un modelo social inclusivo y de principios permanentes, en forma progresiva desde los comienzos del Siglo XX hasta nuestros días. Sin embargo, en la actualidad han ido desapareciendo los institutos garantistas del derecho del trabajo; esto es solo posible porque se ha perdido el rumbo del valor del trabajo y del rol de los agentes sociales.

Acto seguido, el autor expone el surgimiento de la cuestión social y sus consecuencias a nivel del derecho del trabajo, lo que culmina con la creación de la OIT y la aparición de varias escuelas políticas que trataban la relación entre el trabajador y el empleador, o dicho de otra forma, entre el capital y el trabajo. En este contexto surge la doctrina social de la Iglesia con la Encíclica Rerum Novarum de 1891, que parte de la propia dignidad de la persona, rescata el derecho de propiedad y abre criterios de colaboración, en la sociedad, a partir del principio de alteridad, donde todos necesitamos del otro, para nuestra realización personal. Así, la dignidad de la persona se constituyó en la piedra angular de la doctrina social de la Iglesia. También en este período surge la justicia social, un concepto que desarrollan los católicos sociales franceses entre 1880 y 1890, y que constituye una concepción orgánica de la sociedad, armonizada en criterios de colaboración con soluciones frente al conflicto y con una cierta preponderancia del conjunto sobre la individualidad en la cual se basa el derecho del trabajo. Este concepto fue construido paulatinamente al interior de la Iglesia, culminando con la Encíclica Quadragesimo Anno, que introduce dentro de la Doctrina Social de la Iglesia una nueva relación con la justicia que es la justicia social. Así, con la confluencia de todas estas ideas, comenzó a gestarse lo que se ha denominado la “Sociedad del Trabajo”; un modelo básicamente europeo, de naturaleza aliancista, orientado por la OIT a partir del Preámbulo de su Constitución, que establece que la paz permanente sólo puede basarse en la justicia social. Durante este periodo, el derecho del trabajo en Europa se desenvuelve significativamente tanto en términos cualitativos como cuantitativos protegiendo al trabajador, sea a través de la intervención del Estado como en el desarrollo de la negociación colectiva. En un comienzo abarca el trabajo industrial para luego extenderse al trabajo no industrial y a la administración pública, comprendiendo la duración de la jornada de trabajo, el trabajo de menores y de mujeres y enfermedades ocupacionales. También comenzaron a desarrollarse las primeras asociaciones sindicales nacionales e internacionales y la instauración de las garantías constitucionales a través del constitucionalismo social. Así, a partir de los años 30, se abordan nuevos temas como el contrato de trabajo estable y las condiciones de trabajo, el salario, los derechos de los trabajadores en el puesto de trabajo; la negociación colectiva y la representación de los trabajadores en el trabajo a nivel sectorial y nacional, incluyendo también el derecho de huelga. La piedra angular fue el contrato de trabajo para la mayoría de las personas, que en esta “Europa Renana” se encontrarían en relación de dependencia mediante un contrato por tiempo indeterminado. De esta manera, el ambiente de prosperidad de la posguerra condujo a la consolidación de la relación laboral, cuyo rasgo central es el empleo permanente, a tiempo completo en virtud de un contrato por tiempo indeterminado. En este modelo, los trabajadores realizan tareas bien determinadas, en una gran unidad de producción y en condiciones de subordinación con respecto al empleador o su representante. Sus derechos laborales básicos están garantizados y por sobre ellos se añade una segunda capa de derechos derivados de la negociación colectiva. Por último se disfruta de la Seguridad Social prácticamente desde la cuna hasta la tumba.

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