Artículos de Opinión

Crisis Moral de la República.

En el Discurso sobre la Crisis Moral de la República, Mac-Iver describe el estancamiento de Chile a comienzos del Siglo XX, y analiza sus causas. En su concepto, la moralidad pública, “hija de la educación intelectual y hermana del patriotismo”, es la que da eficacia y vigor a la función del Estado, y cuya falta produce, a la larga, “daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional”, y que no es sancionada por jueces ordinarios (como la “comisión de raterías”), sino con “la decadencia nacional” y por “la historia”.

Presentación

 A pocos días de conmemorarse el centenario del fallecimiento de Enrique Mac-Iver, quien, en palabras de Eliodoro Yáñez, “forma parte de ese noble acervo nacional constituido por las grandes figuras del pasado y que es el más preciado patrimonio de los pueblos[1], hemos querido recordar su célebre Discurso sobre la Crisis Moral de la República[2], que pronunció el día 1º de agosto de 1900 en el Ateneo de Santiago, y en el cual, en términos muy generales, denunció el estancamiento que entonces vivía nuestro país e indagó en sus causas.

(1).- Discurso sobre la Crisis Moral de la República

(i).- Estancamiento. Al iniciar el discurso, Mac-Iver describe el estancamiento que, a todo nivel, entonces experimentaba la República:

Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad” (sic.)[3]. 

Y, a efectos de reafirmar su diagnóstico, destaca el inmenso progreso alcanzado por otros países que años antes se hallaban a la par de Chile:

En el desarrollo humano el adelanto de cada pueblo se mide por el de los demás; quien pierde su lugar en el camino del progreso, retrocede y decae. ¿Qué éramos comparados con los países nuevos como el Brasil, la Argentina, Méjico, la Australia, el Canadá? Ninguno de ellos nos superaba; marchábamos adelante de unos y a la par de los otros. ¿Que somos en el día de hoy? Me parece que la mejor respuesta es el silencio” (sic.)[4].

(ii).- La importancia de buscar las causas. A continuación, destaca la necesidad de buscar las causas por las cuales dicho estancamiento se ha producido:

No hay para qué avanzar en esta somera investigación acerca del estado del país en lo que se relaciona con su progreso; importa más preguntarse ¿por qué nos detenemos? ¿Qué ataja el poderoso vuelo que había tomado la República y que había conducido a la más atrasada de las colonias españolas a la altura de la primera de las naciones hispanoamericanas? He aquí el problema, el gran problema cuyo estudio ha de preocupar a los que sienten vivo en el alma el amor al suelo en que nacieron i a la sociedad en que se formaron i que tienen conciencia de su responsabilidad ante las generaciones que le sucedan” (sic.)[5].

(iii).- Posibles causas. Luego, analiza las posibles causas: la raza, las instituciones (entre las cuales, por cierto, se encuentra la Constitución de entonces), el territorio o la crisis económica. Todas las descarta. Al respecto señala:

¿Es la raza? Pero somos los hijos de los que hasta hace poco engrandecieron a Chile; somos aún los mismos que han tenido parte en esa obra de engrandecimiento.

¿Son las instituciones? Pero con las mismas instituciones fundamentales progresó y progresó inmensamente la República.

¿Es el territorio? Pero el territorio no ha cambiado, no ha disminuido, sino que se ha extendido; tenemos nuestros campos fértiles, nuestros bosques inagotables, los ricos filones metálicos, los abundantes mantos carboníferos, las valiosas sustancias del desierto, i las tantas i variadas riquezas de nuestro suelo i de nuestras aguas.

¿Será la crisis económica? Pero una crisis no es indefinida sin culpa de los que la sufren. I la crisis, siendo una causa real i efectiva de nuestro estado, no puede ser la única” (sic.)[6].

(iv).- La principal causa: la falta de moralidad pública. Sobre este particular observa:

En mi concepto, no son pocos los factores que han conducido al país al estado en que se encuentra; pero sobre todos me parece que predomina uno hacia el que quiero llamar la atención y que es probablemente el que menos se ve y el que más labora, el que menos escapa a la voluntad y el más difícil de suprimir. Me refiero ¿por qué no decirlo bien alto? a nuestra falta de moralidad pública; sí, la falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública” (sic)[7].

Y, a continuación, precisa qué entiende por moralidad pública:

… la moralidad pública de que hablo no es esa moralidad que se realiza con no apropiarse indebidamente los dineros nacionales, con no robar al Fisco, con no cometer raterías, perdóneseme la palabra. Tal moralidad, que llamaré subalterna, depende de otra más lata moralidad, y sus quebrantos los sancionan los jueces ordinarios y no la decadencia nacional y la historia.

Hablo de la moralidad que consiste en el cumplimiento de su deber y de sus obligaciones por los poderes públicos y los magistrados, en el leal y completo desempeño de la función que les atribuye la carta fundamental y las leyes, en el ejercicio de los cargos y empleos, teniendo en vista el bien general y no intereses y fines de otro género.

Hablo de la moralidad que da eficacia y vigor a la función del estado y sin la cual ésta se perturba y se anula hasta el punto de engendrar el despotismo y la anarquía y como consecuencia ineludible, la opresión y el despotismo, todo en daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional.

Es esa moralidad, esa alta moralidad, hija de la educación intelectual y hermana del patriotismo, elemento primero del desarrollo social y del progreso de los pueblos; es ella la que formó los cimientos de la grandeza de los Estados Unidos i que se personalizó en un Washington; es ella la que condujo a nuestra República al primer rango entre las naciones americanas de origen español y que se personalizó en ciertos tiempos, no en un hombre sino en el gobierno, en la administración, en el pueblo de Chile” (sic.)[8][9] .

(2).- Comentarios

(i).- En el Discurso sobre la Crisis Moral de la República, Mac-Iver describe el estancamiento de Chile a comienzos del Siglo XX, y analiza sus causas.

Descarta como una de ellas a la institucionalidad (y con ello a la Constitución de entonces), pues “con las mismas instituciones fundamentales progresó y progresó inmensamente la República”, y apunta como la más relevante de ellas a la falta de moralidad pública (o inmoralidad pública).

Entiende que la falta de moralidad pública no se refiere a apropiarse indebidamente de los dineros nacionales, a robar al Fisco o a “cometer raterías”, sino a: (1).- el no ejercicio “leal y completo” por las autoridades de las funciones que la Constitución o las leyes les encomiendan, o bien (2).- el no ejercerlas en atención a los intereses generales/nacionales, sino en atención a intereses personales, de grupos o de colectividades.

De esta forma, en su concepto, la moralidad pública, “hija de la educación intelectual y hermana del patriotismo”, es la que da eficacia y vigor a la función del Estado, y cuya falta produce, a la larga, “daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional”, y que no es sancionada por jueces ordinarios (como la “comisión de raterías”), sino con “la decadencia nacional” y por “la historia”.

(ii).- Mac-Iver no analiza las razones por las cuales algunas autoridades incurren en tales faltas de moralidad pública. Entonces cabe preguntarse: ¿Cuáles son ellas?

Respecto de la primera clase (el no ejercicio “leal y completo” de sus funciones), creemos, se debe, principalmente, a la decisión consciente de tales autoridades de no decidir o no hacer nada que pueda originarles eventualmente algún tipo de responsabilidad. Y, respecto de la segunda clase (el no ejercicio de sus funciones en atención a los intereses generales/nacionales), creemos, se debe, principalmente, a que tales autoridades, en su fuero interno, no reconocen la existencia de intereses generales/nacionales o bien creen que éstos se deben subordinar o se identifican con intereses personales, de grupo o de colectividades.

En suma, la primera, revela, por sobre todo, miedo; en tanto que la segunda, desconocimiento de “lo público”.

(iii).- Las faltas de moralidad pública no sólo son reprochables por el hecho de que toda autoridad siempre debe ser proactiva, habida consideración del deber de servicialidad del Estado –que se finaliza por los intereses generales/nacionales-, y que le aplica por añadidura, sino, además, por el hecho de que tales conductas, a la larga, afectan a las personas, lo que puede ir desde una disminución en su calidad de vida hasta la directa lesión de sus derechos (en palabras de Mac-Iver, el “daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional”).

A lo anterior, se suma un efecto colateral no menos relevante: el desprestigio de la institucionalidad. Ello se produce porque la ciudadanía que experimenta tal “daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional” naturalmente pensará que la institucionalidad es la responsable; lo que reafirmará cuando las autoridades interpeladas, sabedoras de su falta de moralidad pública, soslayen su responsabilidad atribuyéndosela a ésta. De ahí que no es de extrañar que la reforma o el cambio de la institucionalidad se torne en un tema permanente en la discusión política, pero que, al concretarse, cual gatopardismo, todo cambie y todo siga igual, pues el problema de base, la falta de moralidad pública, intocado, subsiste.

Conclusión

A modo de conclusión, cabe tener presente las palabras de Enrique Mac-Iver en cuanto a las razones que lo motivaron a denunciar las faltas de moralidad pública en las que algunas autoridades incurren: “señalar un mal gravísimo de nuestra situación, que participa más de la naturaleza de mal social que de mal político, con el objeto de provocar un estudio acerca de sus causas y sus remedios, y para el fin de corregirlo en bien de todos (…) Quiénes son los responsables de la existencia de ese mal, no sé; ni me importa saberlo; expongo y no acuso, busco enmiendas y no culpas. La historia juzgará y su fallo ha de decir si la responsabilidad por la lamentable situación a que ha llegado el país es de algunos o de todos, resultado de errores y de faltas, o de hechos que no caen bajo el dominio y la previsión de los hombres[10].  (Santiago, 10 agosto 2022)

 

[1] Yáñez, Eliodoro, La Autoridad y la Libertad en la Constitución Política del Estado, Discurso de Incorporación a la Academia Chilena correspondiente de la Real Academia Española en Reemplazo de don Enrique Mac-Iver, Editorial Le Livre Libre, París, 1928, p. 91.

[2] Mac-Iver, Enrique, Discurso sobre la Crisis Moral de la República, Imprenta Moderna, Santiago, Chile, 1900.

[3] Op. Cit., p. 5.

[4] Op. Cit., p. 12.

[5] Op. Cit., p. 13.

[6] Op. Cit., pp. 13-14.

[7] Op. Cit., pp. 14-15.

[8] Op. Cit., pp. 16-17.

[9] En otro párrafo, Mac-Iver reitera esta última idea: “No han sido ni un régimen nuevo disconforme con las costumbres, ni el aislamiento, ni la ignorancia, ni otros hechos semejantes, los que mantuvieron y aún mantienen en parte a las repúblicas que nacieron a la vida en el primer cuarto de este siglo que concluye, en un perpetuo vaivén entre la anarquía y el despotismo y apartadas del camino del progreso; ha sido la falta de moralidad pública, ha sido el olvido del deber por el funcionario y el abandono de la función pública para dar paso a las ambiciones personales, al odio, a la venganza, a la codicia y al interés de bandería”. Op. Cit., p. 18.

[10] Op. Cit., p. 15.

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